Un viaje en subte

Juan subió al subte B en Lacroze, ocho y diez de la mañana. La densidad de cuerpos dentro del convoy excedía ampliamente a la densidad interna de cualquier estrella de neutrones. Se arrastró entre la masa agarrotada poco más de metro y medio, hasta que chocó con una gigantesca espalda. Se quedó ahí, acurrucado, tratando desesperadamente de encontrar una molécula de oxígeno que no estuviera viciada. En Dorrego subieron más piernas, más pulmones, más brazos, más cabezas, axilas, orejas, pies, mocos, alientos. En Malabia empujaron más aún, y Juan perdió el equilibrio. Entonces algo lo ensartó con fuerza por detrás y lo estampó, como una estampilla, contra esa espalda-acantilado. No podía moverse, no podía respirar, no podía ver nada ni pensar en nada. Sólo había carne alrededor, calor, olor, humedad y aire viciado. Fue entonces cuando la espalda se sacudió violentamente, y chilló:
-¡La concha de tu madre, mierda! ¡si me seguís empujando te voy a recagar a trompadas, hijo de remil putas!, ¡LA CONCHA DE TU MADREEEE!
Juan se asustó. En el aire, le temblaron las patitas. Tragó saliva y le contestó a la espalda, hablando como pudo:
-Perdonáme, por favor- dijo con un femenil hilito de voz, -pero te pido que te des vuelta y me mires en la boca-
La espalda, con curiosidad, giró y aparecieron dos ojos, que enfocaron en la boca de Juan. Dentro, por donde estaban las cuerdas vocales, había algo que se movía. La mirada se acercó más, enfocó aún más, y entonces lo vio: un pene.
-¡Tenés un pene en la garganta!-, le dijo, llena de asombro, la espalda.
-Sí- contestó Juan, -hace rato que no me pasaba… la última vez fue en el San Martín, a eso de las diez de la noche-.
-Uh, que mal.
-Sí.
-Perdoname por gritarte, no sabía… ¿duele?
-No… sólo molesta un poco. Ésta por lo menos está limpia… pero la del San Martín… ¡mejor ni te cuento!
La formación llegó a Medrano y siguieron subiendo cuerpos… jóvenes, viejos, femeniles, peludos, transpirados, derrotados, enfermos. Juan, atravesado, charlaba con la espalda. Estaba justo en medio de una frase
–“… siempre me dice mi vieja que no sea tan ansioso y espere a que venga otra form…”- pero ya no pudo hablar. El pene que lo estacaba, por la excesiva presión de los cuerpos que ingresaban, había avanzado aún más, y ya le asomaba por la comisura de los labios.
-Que asco- le dijo la espalda –te sobresale-.
Juan agitó un poco los ojos, pero ya no pudo articular sonido. Se quedaron ahí, la espalda mirando a Juan atravesado, y Juan esperando a que el tren finalmente se descomprima al llegar a destino. Pero siguieron subiendo cuerpos y más cuerpos… Carlos Gardel, Pueyrredón, Pasteur… se sucedían las estaciones y la carne empujaba detrás de Juan, el pene avanzaba y retrocedía, avanzaba y retrocedía, como una marea, una y otra y otra vez, hasta que unos instantes antes de arribar a Callao, eyaculó un gran chorro de semen espeso y caliente. Unas gotas se pegaron a la espalda, otras se derramaron hacia el piso, pero casi la totalidad el chorro mayor retrocedió por el esófago de Juan, rumbo a los intestinos.
-Que asco- volvió a decir la espalda.
Juan tosió algo –akkjjjjsjjjfff- y volvió a asentir con los ojos mientras hacía un ruido raro, como de burbujas.
En Uruguay bajaron algunos elementos y Juan percibió que el miembro retrocedía. Antes de llegar a Pellegrini se libró del todo. Respiró profundo. El pene, entonces, le habló:
-Perdonáme, flaco, es que no tenía donde meterme.
No importa- le contestó Juan, -son cosas que pasan en este horario-.
La espalda enfiló a la puerta, lo miró con una cara de repugnancia infinita, le dijo “chau, suerte”, y salió caminando por el andén.
Juan se sentó en un asiento libre, y a su lado se sentó el pene. En Florida bajaron muchos más cuerpos y el vagón quedó casi vacío. Tres minutos más tarde el subterráneo llegó a la terminal. Juan y el pene bajaron juntos.
-Chau-, le dijo el miembro mientras subían por la escalera mecánica,
-perdón, eh, y… ¡gracias!-.

-Chau-, contestó Juan sonriendo, -no pasa nada-.
Subieron en la puerta del Luna Park. Hacía mucho frío. Juan entró en el bar de la esquina y se sentó a tomar un café para bajar el esperma que aún le recorría el esófago.
Cuando terminó, pagó la cuenta, salió a la calle y enfiló apresurado rumbo al trabajo.

B

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