Santos Viernes Lugares

No se sabe muy bien que ocurre en las calles de ese barrio. Hay loros, como en todo barrio; hay lagartijas, perros y zorzales. El sol cae, como en todo barrio, y colorea hacia el rojo las paredes, los grafittis, el campanario de la iglesia, los aviones que vuelan hacia el atardecer. Sin embargo -uno lo adivina en la mirada de los gatos que ronronean bajo el calor de la estrella- no todo es igual que en todos lados. Hay algo… un tiempo, un silencio, una sombra, una vibración. Y si uno elige para caminar por ahí un día viernes, entonces es mucho mejor.
Hubo hombres santos y hubo damas santas -así dicen-… en la historia, hasta santas mascotas hubo -más fácil de creer-… ¿que niño no lo es?… la naturaleza es santa, libre y perfecta; la brisa, la lluvia y las estrellas. Pero… ¿un barrio?
Sí: “Santos Lugares”, ése es un lugar santo. Por eso el nombre.
Hay una iglesia, santuario: Lourdes, construida a imagen y semejanza de la Lourdes francesa. Yo dudo si este hecho arquitectónico alcanza para santificar todo un barrio, ya que la iglesia no son sus paredes sino sus miembros, y hasta acá llegaría la pretensión de máxima pureza.
Alguno sostendrá que el repique dominical de las campanas llamando a misa a lo largo de las décadas ha espantado a los demonios… de ahí la geográfica sutilidad.
No se sabe, ésa es la verdad.

Ayer, mientras caminábamos por ahí, pensaba en ello, pero no pude resolverlo.
Lo cierto es que es así: algo especial e intangible sobrevuela esas rondas del oeste.
Tal vez sea la etiqueta la que ha conferido al arrabal ese misticismo de ensueño. O sus antiguos habitantes, ya muertos y olvidados.
Uno lo camina y sueña con un fuego encendido, con las miradas silenciosas del amor, con mundos desprovistos de tiempo. Y con jugosos asados regados con vinos escogidos.
Santos Lugares está ahí, entre Caseros y Saenz Peña. Llega hasta ese íntimo enigma el tren San Martín, también el Urquiza y varias líneas de colectivo.

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