Una sesión de fotos con Bailey Jay

Sonó el teléfono: era Jorge, el director de la revista “trampa”, donde trabajo. Quería que le hiciéramos una nota a Bailey Jay, y algunas fotos. Llamé a Pedro para que se ocupara de las tomas. Llegó a los veinte minutos, subimos al citro y salimos para Las Cañitas.
Llegamos, estacionamos el auto, bajamos y llamamos al portero. Bailey vivía en el penthouse de un edificio muy prolijo y muy antiguo. Una voz poco femenil atendió:
-¿Quién llama?
-Soy Sergio Richie, de la revista “Trampa”… ¿Bailey?
-¡Si!
-Creo que ya te avisaron que venimos a hacerte una nota y algunas fotos.
-¡Ay!, ¡Siiii!, ¡ya bajoo!
A los dos minutos apareció Bailey. Estaba muy despeinada, calzaba unos shorts de jean muy gastados, un corpiño color rosa enfundaba sus grandes tetas plásticas y un par de medias, también rosas, cubrían sus no muy pequeños pies.
Abrió la puerta con una luminosa sonrisa.
-¡Hola!
-Hola, Bailey, permiso.
-¡Pasen!
Entramos y seguimos a Bailey rumbo al ascensor. Bailey, toda sonrisas, empezó a hablar.
-¡Divino, Geooorge!, ¡me avisó hace un rato que venían!, y estuve buscando prendas para cambiarme entre las fotos ¿puedo cambiarme muchas veces de ropitas?
-Claro Bailey- dije yo.
-¡Siii!, tengo de todo: medias de colores, pelucas, aros, tacones, vestidos con lunares, minifaldas, corsets, pijamas, ligueros… ¡de todo!
-Bien.
Bailey era hermosa. Su piel, increíblemente femenina, parecía suave como la cera, blanca y salpicada con pequeños lunares color te con leche. Caminaba con gracia, como una niña. Pero más allá de la apariencia, Bailey parecía estar un poco chiflada.
-¿Y vos, como te llamás?- le preguntó a Pedro.
-Pedro.
-¡Hola Pedro!
-Hola Bailey.
-¿Cuántos años tenés, Pedro?
-Veintitrés.
-¿Viniste con tu papi?- preguntó Bailey, refiriéndose a mi.
-No, somos compañeros de trabajo.
-¿Sos fotógrafo, pedro?
-Algo así.
-¡Que divino!, yo también soy.
-¿Fotógrafa?
-¡No!… soy “algo así”.
Nos miramos con Pedro, la miramos a Bailey y nos reímos, los tres. Salimos del ascensor, entramos en el penthouse y Bailey, sin parar de hablar, metió la mano en un gran jarrón: aparecieron media docena de porros gruesos como velas litúrgicas. Encendió uno, fumó varias secas y lo fue pasando.
Fumamos. Bailey, entonces, se desnudó… sus enormes tetas vieron la luz, sus labios morados, sus hombros, el vientre, sus caderas y el pequeño pene entre las ingles tatuadas con dos pequeñas mariposas azuladas. Perturbadora la chica, y estaba bien así. Ella no paraba con su verborragia…
-Me llamó el fin de semana –fuimos novios pero luego volvió con su concha- para preguntarme si yo quería ¡como no voy a querer!… ¿les gusta empezar así? ¿fumando nevados?
-¿Nevados?- pregunté alarmado.
-¡Sí!, ¿te gustan? ¿eh?
-Bueno, sí, pero no suelo fumar nevados, Bailey…
-¿Querés ácido? ¡tengo ácido!
-No, gracias Bailey.
-Bueno… ¿y?, ¿qué tal me veo?
Bailey se había calzado una peluca negra y una remera negra ajustada como la piel de un chorizo. Esas tetas parecían estar a punto de reventar… ¡Dios!, ¡era hermosa!
-Estás muy bien Bailey-, dijo Pedro mientras encendía el segundo troncho. Y empezó a disparar la cámara de fotos.
Ella se colocaba, se reía, miraba el lente y se amasaba las grandes tetas, se acercaba con ojos de loca y retrocedía con una mueca idiota, y volvía a atacar. Tenía clase, sabía hacerlo. Pedro disparaba y la dejaba hacer… era un trabajo sencillo y delicioso.
-Bailey-, le pregunté, -¿cuántos años tenés?
-Veintiocho
-Hace cuanto que vivís acá?
-Hace tres años que vivo en Argentina. Me vine detrás de un novio, un político argentino que conocí en Miami. Me propuso matrimonio, y acepté, sólo por la locura de calzarme el vestido blanco y dar el sí frente a un cura romano. Vinimos para hacerlo acá, porque en mi país está prohibido. En Argentina soy una dama; en mi país, en cambio, soy una blasfemia. Nos casamos por civil, pero lo del cura fue imposible cuando descubrió que soy una transexual.
-¿Seguís casada?
-Ya no, nos divorciamos… y ahora tengo la mitad de su fortuna en una cuenta bancaria.
-¿Te vas a quedar en Argentina?
-No creo. Voy a volver a mi país.
-¿Por?
-Acá cobro en pesos por lo mismo que allá en dólares.
-¿De que trabajás, Bailey?
-De puta. Filmo porno. Alta sociedad.
-Ah.
Bailey se había cambiado varias veces de ropa. Había posado con unos grandes tacones frente a un simulacro del puente de Brooklyn; también había posado encorsetada, fumando sobre la cama; y en el baño, levemente cubierta con un camisón estampado con pequeños corazones multicolor. Cuando empezamos el cuarto porro ya habían pasado más de tres horas. Vi que Sergio estaba desesperado por tener algo con la chica, pero ¿qué podía hacer yo?… entonces apareció Bailey con una tostadora, la enchufó y se metió en la bañera, gritando:
-¡Sacáme así, a punto de suicidarme!
Corrí hasta la bañera para evitar que la tostadora tocara el agua. Sergio disparaba la cámara como una Uzi y la chica jugaba con la muerte como con un peluche.
-¡Dejáme!- forcejeaba conmigo por la tostadora mientras se reía a carcajadas –dejáme morir en medio de una sesión fotográfica, jajajaaa!
Logré sacarle la tostadora. Ella, entonces se hundió en el agua –llevaba medias negras con puntillas y un corset lleno de calaveritas- y empezó a seducir a la cámara. Le sacaba la lengua, se chupaba el dedo, revoleaba los ojos, escupía saliva entre sus tetas y se refregaba todo entre los pezones duros y redondos como monedas de dos pesos. El chico disparaba la cámara y temblaba. Entonces Bailey le dijo:
-Vení a nadar conmigo, mi amor.
Sergio me pasó la cámara, se desnudó y se metió en la bañera. Yo me di media vuelta, salí del baño y cerré la puerta.
Me preparé un café y encendí otro porro. Sobre la mesa había un Página 12. Me senté a leer mientras escuchaba las risas que venían desde el baño. Busqué puchos. Encontré un paquete de Camel sobre la heladera. Fumé. Leí el diario completo, incluidos los suplementos. Después encendí la TV. Me entró hambre. Abrí la heladera y me serví un gran vaso de yogurth bebible de vainilla. Haciendo zapping enganché el comienzo de “La lista Schindler”. La vi, entera; tomé más yogurth, me fumé el último porro y vacié el atado de Camel. Entonces regresé al baño. Detrás de la puerta había un silencio total. Golpee, una, dos veces. Nada. Abrí la puerta: Bailey y Pedro dormían abrazados en el agua tibia. Los desperté y les alcancé dos toallas.
-Gracias, suegro- me dijo Bailey con ojos de sueño.
-No soy su padre, Bailey.
-No importa, suegro.
-Ya.
Salimos del baño. Afuera era de noche. Desde el ventanal del penthouse la ciudad aparecía como un campo infinito plagado de luciérnagas en estado de pausa.
-Quiero porro- dijo Bailey
-Me los fumé todos, Bailey, no hay más.
Bailey trajo más porros y una botella de vino tinto. Fumamos y bebimos. Sergio estaba mudo, parecía idiotizado… de verdad la chica había resultado una trampa para él.
-Bailey- pregunté, -¿tenés familia?
-Tenía… bueno, tengo, supongo. Pero no me quieren ver.
-¿Por?
-Son muy religiosos, cristianos luteranos: se avergüenzan de mi condición.
-Claro.
-Y ustedes ¿son religiosos?
-Yo no-, dijo Pedro.
-Yo sí-, afirmé.
Bailey entonces me miró largamente. Luego me preguntó:
-¿Te doy asco, viejo?
-¡Bailey!, ¡no!… ¿porqué me vas a dar asco?
-Y… si sos religioso…
-Religioso sí, pero no boludo.
-Pero seguro nunca cogerías conmigo.
-No veo porqué no lo haría, exceptuando que estoy ocupado.
-¿Tenés novia?
-Esposa.
-¿Hace mucho?
-Sí, varios años.
-Y si no estuvieras casado… ¿te atreverías con alguien como yo?
-Claro.
-¿Y cómo congeniás eso con la religión?
-Muy simple: Dios me quiere libre. Y sin miedos. Luego, al llegar, te pasa la esponjita para limpiar la suciedad, sea cual sea. Como Zorba. Todos estamos sucios al partir, de un modo u otro.
-Que lindo-, dijo Bailey suspirando, -ojalá algún día alguien así se enamore de mi…
Se hizo un silencio triste. Fuera brillaba la ciudad. Pasaban aviones por el cielo, subían y bajaban los ascensores, circulaban los trenes, los taxis, los colectivos. El hormiguero humano, como una marea, avanzaba y retrocedía rumbo a los cafés y a los cines, a los cabarets y a los shoppings, rumbo a todos lados y rumbo a ningún lado también.
-Chicos… ¿quieren ir a cenar?, yo los invito.
-¡Sí!, dijo Bailey, feliz como una criatura.
-Vamos, dijo Pedro.
Esperamos que Bailey se vistiera y salimos. Bajamos por el ascensor, ganamos la calle, subimos al citro, arrancamos y avanzamos por Cabildo hasta Lacroze, giramos a la derecha y seguimos en línea recta hasta ver el cementerio de la Chacarita, en donde nos esperaban, frente al camposanto, las fugazettas y las empanadas y las cervezas y los moscateles helados del Imperio de la Pizza.

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