El ardor amarillo

Se despertó temprano, con el ruido de la lluvia golpeando sobre el techo de chapa.
Salió de la cama por temor a otro acceso de tos, fue hasta el baño, meó, se lavó los dientes y recién entonces sintió que hacía mucho frío.
Encendió la estufa.
Abrió el placard y eligió las medias de nylon transparentes y el portaligas marrón, se calzó una pollera de lana, una remera de manga larga y un sueter color salmón, y buscó los zapatos que había comprado el día anterior.
Abrió la caja, los zapatos estaban dentro, enfrentados como un mandala taoísta de ying-yang; eran muy altos, de cuero amarillo… viéndolos a la luz gris de la mañana le parecieron hermosos, puros como una virgen, sofisticados como una obra de arte moderno.
Se subió en ellos y caminó hasta la calle; abrió la puerta y, como todos los domingos, encontró el diario debajo del buzón.
Entró y puso la pava a calentar en el fuego, armó un porro y se lo fumó; luego encendió un Marlboro y rellenó el mate con yerba nueva.
Eran las nueve y cinco de la mañana del primer domingo del mes de Mayo,
-está comenzando la misa de difuntos- pensó, e imaginó a la gente en la capilla llorando a sus muertos, sufriente y sentada frente al sagrario, buscando una explicación.
Se cebó el primer mate amargo y se sentó a leer las noticias, que siempre eran lo mismo: la inflación, una guerra, accidentes, un atentado, las putas de la televisión, el fútbol y los estrenos de las películas.
Al rato las medias de nylon en las piernas y los zapatos en los pies le hicieron perder la atención en la lectura… siempre le pasaba lo mismo, ese ardor que primero sucedía en la piel, una especie de ansia, un temblor, y luego la necesidad de querer remediarlo, anestesiarlo, de acallar el mandato que chillaba desde los pies enfundados en cuero amarillo directo hasta el cerebro.
Y entonces la necesidad creciente, imparable, potenciada por ese humo como caballos galopando en las venas.
Armó otro porro y se lo fumó hasta atontarse la cabeza, buscó el consolador en la mesita de luz, se tiró sobre la cama y se lo metió todo entero por atrás, hasta el fondo, y lo montó una y otra y otra y otra y otra vez y así durante unos minutos hasta apagar el fuego, hasta silenciar el ansia, hasta eyacular sobre las sábanas con un terremoto en la espina dorsal.
Se limpió el semen, volvió a la cocina y se sirvió otro mate, encendió otro pucho y siguió leyendo el diario, ese diario que era lo mismo que todos los domingos, lo mismo que todos los días de la semana, lo mismo de siempre: muerte y soledad.
Afuera seguía la lluvia.

amarillo

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