Espectros en el bondi

Regresar a casa, a la cueva o al nicho, vaya uno a saber. Un día de trabajo, ya sea sellar papeles, entregar paquetes o deambular entre las zarzas del camposanto, mordiendo cuellos, atacando por asalto. Se vive para sobrevivir, y si ya no se vive, como algunos, el esfuerzo es de perpetuarse en este pobrísimo plano material.
Habitualmente el 123 está lleno de ellos… rubios, altos, morenos, femeniles e inciertos. Algunos calzan polleras muy cortas, otros tacones muy altos, overoles grises, gorros de lana, corbatas y jeans muy gastados. Los hay desnudos también, pero no salen con el frío.
He visto uno, muy muerto, que intentaba despistar a sus pares llevando una gruesa Biblia bajo el brazo.
Todos, desesperadamente, suelen masturbar un celular, como si les volviera la vida en ello.
Yo no se si fue la falta de señal o el moscatel en las venas: el último jueves me cansé de fotografiarlos.
Ninguno, siquiera, se inmutó.
Bajé del bondi con algo de preocupación… -si no me vieron- pensé, -¿el fantasma no seré yo?-
Bajé en la esquina de casa y corrí a meterme en la cama con mi chica.

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