Un poco de espanto en el mundo real

Me desperté en medio de la noche, lleno de temor. Hacía mucho calor para la frazada y había comido demasiado.
Una imagen y un sonido ocupaban mi mente: un juguete llegaba desde la oscuridad hasta los pies de la cama, girando sobre sus rueditas con unas campanillas coloradas que se encendían y se apagaban en el oscilante avance a fricción sobre el entrepiso de madera.
Pensé en un niño, y ese pensamiento me aterró: por un momento tuve la absoluta certeza de que había un niño al otro lado de la habitación.
Ese niño vestía traje negro, zapatos negros, camisa blanca y moño… parecía estar listo para el ataúd.
O, tal vez, ya había estado allí.
Entonces mi esposa, profundamente dormida a mi lado, comenzó a hablar con una voz que no era la voz de ella, ni la de su género, ni la de su registro vocal.
Sólo dijo una palabra: “tres”
La repitió: “tres”
La primera vez que la pronunció entonó un fugaz glissando desde la octava superior, en falsete, hasta la octava grave del barítono: “treeeeees”
En esa voz percibí, espantado, tanta mofa como antigua malicia.
La repitió unas diez veces, entonces la desperté. Un poco asustada por mi relato, recordó que soñaba con unos amigos… al parecer eran tres, o algo así.
Encendí la luz y miré el reloj: cinco y veinte de la mañana.
Preferí levantarme. Bajé, fui al baño, me preparé unos mates y me puse a estudiar historia.
Ahora amanece.

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