La Lucila idiota

A veces el motor es el aburrimiento, o la desesperanza, o la inutilidad de un domingo nocturno al pedo o, en este caso, la dichosa espera por un exquisito plato de gulash… caminando por los alrededores de “La Hungaria”, esperando que el reloj cumpla las treinta pasadas las ocho, y ya bien bebidas las negras cervezas de rigor, el circuito azaroso comienza por calles que se preparan para dormir, para cenar, para desolar los sueños despojados de estufa de los desamparados de siempre… y alrededor de esa desolación irremediable, casas que esconden llantos domingueros por el fulbo-adicción, ajos que se doran en aceites ardientes, fasos que se fuman en habitaciones vacías, sexo que se practica entre todos, contra todos, violencia sexual, violencia antisexual, polisexual, pansexual; mentiras, besos, crisis, vídeo, caricias, toses, cuentas bancarias arruinadas, triunfos que se celebran, fracasos que se rumian, soledades que se arrastran entre patys y salchichas rumbo al todo o a la nada, a lo sin explicación, previo paso -insoslayable- por la tumba, que es la fosa de todos, la fosa común, emparejada, igualitaria, internacional y po-pu-lar.
Luego, la luz, las sombras, el movimiento, las estrellas, el silencio… la gratuidad de la belleza.
Y la ligereza adrede, esa que intenta faltarle el respeto a la seriedad… ¡hay tanta seriedad en este mundo!, ¡tanto afán al pedo!, ¡tanto deseo insatisfecho de cagada!…
Nadie se escapa de ello. O se escapa en un momento de retorno al libre juego (lilâ) de la niñez, que muchos juzgan impostura.
Yo quiero eso: volver a ese juego bebé, ser un idiota, un adulto inútil y retrasado, volver a ser niño, olvidarme en la eternidad del instante, cagarme en la mirada ajena, como un pájaro, como una flor o como una babosa.
Y lo demás… ¿que importa lo demás? ya no quiero que me importe más, nada de nada.
¿Podrá la Providencia, en la que tanto creo, otorgarme esa gracia?

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