Un revoltijo de instantes

La vida va pasando -o no, tal vez nada está pasando salvo que el cuerpo se hace viejo- y quedan archivadas algunas instantáneas, sucesos no premeditados, particularidades diminutas que no hacen a la cosa salvo en lo periférico, tangencial, accesorio. Pero nada de accesorio, porque ya vislumbro las fotos de dos amigazos (el Alfred, de pizzas en casa y el Black, de pizzas en Santa María) plantados en mi vida como ese árbol -que también está plantado, pero entre cables-, y todo, todo, todo lo demás: los pitutos de la bicicleta, las medias rojas de nylon, el perrito que me mira con asombro porque sabe que yo lo quisiera para mí, alguien en la escalera mecánica del Centro Cultural NK, los neones de Edelweiss desde la parada del 39, una imagen de “La Hungaria” mientras se cocina el Gulash y el personaje -yo- topo frente al espejo y ensayando su mejor cada de macho lamentable, bruto y misógino.

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