Una noche en el paraíso

La noche del 22 de enero de 2013: una noche de cerveza boliviana y de vino tinto; del humo de unos cigarros muy raros encontrados en un cajón del hotel solo; de una banda de sonido compuesta por millones de violines vibrando al unísono e interpretados por miríadas de grillos invisibles, ese sonido que es silencio que suena… paz que se escucha, alegría que murmulla. Y de oscuridades dichosas, y de sombras quietas, y brisas suaves, y mi chica y yo susurrando entre los besos y el humo y las palabras, tan felizmente lejos del origen de todo, frente a esos cerros oscuros e infinitos poblados por pequeñas luces brillantes… delicados faros que dan cuenta de nidos lejanos, hogares gloriosos en donde se puede adivinar una familia que sueña, un huerto bajo los astros, una comida caliente, un fuego encendido, el crepitar de la madera y de las llamas.
Coroico es, tal vez, uno de mis lugares en el mundo. Y quiero regresar. Me duele su recuerdo porque me duele, justo ahora, el rugido del 123 que pasa raudo y enloquecido por la avenida Mitre mientras esto escribo.

una noche en el paraíso

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