Camino a “La Hungaria” dominical

Cualquier cosa por un plato de gulash de “La Hungaria”. Y si se trata de atravesar caminando una gran porción de la torta conurbana, mejor… Caseros, San Martín, Villa Martelli, Munro, Olivos, y finalmente la Lucila, justo en el límite con Martínez.
Algo le hace a la mente el caminar. Algo le hace al cerebro, a las venas, al alma, a la piel, al sexo, a la dicha, a la disolución posmoderna, a la locura. Algo le hace, también, al amor. Algo bueno, por supuesto.
Y está, también, la variación de la luz y el color, porque mientras uno camina sin parar desde las dos de la tarde hasta que se instala la noche, sucede una fantástica variación cromática… que incide sobre el cerebro, las venas, el alma, la piel, el sexo, la dicha, la disolución posmoderna, la locura, el amor.
Y todo ello, por más que no lo crean, es gratis. Como el aire, como la brisa, el sol y el cuerpo que uno momentáneamente habita.
Estar agradecido por la vida que uno nunca pidió -ni pagó- es, tal vez, el mayor acto de justicia que se pueda realizar en este mundo.

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