Invierno en La Ventania (1)

Las diferencias: el frío (uno siente, por momentos, estar caminando dentro de un gigantesco freezer planetario); el silencio (ese que es el más lindo, ese que, en realidad, no lo es: se compone con el susurro del viento, el crepitar de las llamas, el canto de los pájaros y el brillo apoteósico de los astros); la tierra, dura y helada bajo los pies; el alimento dorándose en el fuego; el ejercicio del hacha; la obsesiva higiene un poco olvidada; la barba crecida; la salvaje naturaleza, hermosa y despiadada. Y las escenografías del campo, que nunca es de chacareras y de chambergos, sino de furiosos atardeceres que se hunden en lejanías infinitas.
Las historias olvidadas de ese pasado que ya no es, ni vibra con el sonido de la guitarra, ni es permeable a una patética identificación con el triste gaucho literario. La cultura, esa necesidad de identificarse con lo que sea para poder sentirse en ser, es un mecanismo de defensa que se desarma entre el murmullo de esa brisa que nos antecede y que nos trascenderá.

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