¿Un lujo de los dioses?

El contexto, la época, la religión, el género, la ideología, los miedos, las fronteras… la cultura, esa sumatoria de etiquetas que definen el sitio en donde se pisa -y el porqué se pisa justo ahí- se vuelve cosa que abruma cuando se cree tan cierta como la propia realidad, esa que, al igual que la cultura, no es ni tan cierta ni tan verdadera porque no es única, ni está sola, sino que es una entre millones de millones de realidades, una por cada hombre que respira, mientra se aguarda la perfecta y total resolución de todo el misterio. Si es que hay resolución, claro.
Entonces uno se entera, por ósmosis perfecta, del torturante itinerario del niño judío escapando de los gases… y llora.
¿Y porqué llora?
Porque la realidad, esa maravillosa falacia, sonríe entre dientes sangrantes que se preparan para volver a morder y a masticar.
La crueldad no es un lujo de los dioses.

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