Un miércoles demócrata

-No me interesa si venís o no– dijo Germán, -siempre tenés un kilombo vos-.
-Pregunto si es posible, nada más; no creí que una simple pregunta podría hacerlos calentar tanto… a fin de cuentas yo soy uno más en el grupo, y si se juntan ese día y no puedo ir… en fin, no pasa nada.
-Es que para todo tenés un problema.
-No es verdad.
-Sí, la última vez que fuimos a Entre Ríos te borraste como un marica.
-Somos grandes, che; si no pude ir tuve mis razones ¿para qué explicar? Y no soy el único que suele faltar… ¿porqué se la agarran siempre conmigo?
-Porque sos un puto.
-A otro perro con ese hueso: si fuese puto me sentiría tan digno como me siento en este heterosexual momento.
-Es que te gusta hacerte rogar.
-No es verdad… simplemente no puedo algunos días. Se los vengo diciendo desde principio de año: “los domingos no puedo”, “los domingos no puedo”, “los domingos no puedo”, pero ustedes tienen menos memoria que un trilobite del cámbrico.
-Ya te estás haciendo el difícil de palabras.
-Palabras que se te pasaron de la escuela primaria y que aún hoy, con un poco de ganas, podrías aprender.
-Me chupan un huevo tus putas palabras, y andáte a la concha de tu madre.
-Las palabras no son de nadie, man. Y tus insultos me aburren.
-Sos un mal amigo, y nos tenés cansado.
-Sí, claro, y la culpa es un misil.
-¡Sos un mal amigo y nos tenés podridos!
-Ok, soy un mal amigo y los tengo podridos… ¿qué puedo decir?, es involuntario: si yo no puedo los domingos y si ustedes no registran que yo no puedo los domingos y arreglan siempre para encontrarse los domingos, entonces no les puedo pedir perdón por tenerlos podridos por no ir. Ah, y por ser un mal amigo, menos.
Germán, sacado, masculló otra puteada y cortó la comunicación. David se quedó esperando con el tubo en la oreja más de medio minuto, hasta asegurarse que el otro se había ido. Colgó el teléfono, se dio media vuelta y siguió aporreando el piano.
Media hora más tarde sonó el aparato otra vez. David dejó las teclas y levantó el tubo:
-Hola… ¿quién habla?
Hubo un silencio de tres o cuatro segundos, entonces habló una grabación:
-“Hola, soy Julián Domínguez, y te llamo para pedirte que este domingo me votes en las…”
David colgó sin esperar a que la máquina terminara. Se levantó, caminó hasta la cocina, prendió la hornalla y mientras esperaba que se calentara la pava encendió la radio:
-… “con la seguridad de saber que de este modo el humo kirchnerista no se vende en ninguna otra parte del mundo que no sea en la Argentina… ¿quién le cree a la presidenta, exceptuando a sus secuaces?; por otro lado, la grave denuncia que involucra al jefe de gabinete con el triple crimen de la efe…”
La apagó. La radio siempre era lo mismo. Existían dos radios: una estaba a favor, la otra en contra. Y lo mismo el diario y la TV. Dos versiones de la realidad en blanco y negro, y nada en el medio. Vació el mate, lo llenó de yerba nueva y cebó el primero, muy caliente, fuerte y amargo. Agarró la pava y el mate y se sentó nuevamente en el piano.
Estaba metido con Bach, un preludio a dos voces. Juntaba las manos, y lo que sonaba lo llenaba de alegría. Juan Sebastián Bach. Era como un dios-niño, puro, juguetón. También tocaba Grieg, Kachaturian, Bela Bartok… pero no había como Bach.
Entonces chilló el timbre. –“Miércoles por la mañana”- pensó David, -“seguro que es el loco de la silla de ruedas”.
Era. David abrió la puerta y salió a la calle. La cara del otro se encendió:
-Hola amigo, ¿cómo va?
-Bien… ¿vos?
-Acá, laburando ¿cómo está tu familia, bien?
-Sí, todos muy bien.
-¿Tu mujer está bien?
-Sí, bien… ¿qué tenés hoy?
-Lo que quieras, amigo: trapos, valerinas, esponjitas, repasadores, broches- el otro revolvía un gran bolso lleno de productos de limpieza. Lo rodeaban cuatro perros que deambulaban con él. El tipo salía todos los días muy temprano desde la Gardel a bordo de su silla de ruedas y llegaba con sus mercaderías hasta la periferia de la capital federal. Por la tarde regresaba, con sus perros detrás como en procesión y los bolsillos llenos de guita. Admirable. Por el ejercicio de la silla, tenía unos brazos impresionantes que serían la envidia de cualquier patovica, pero estaba irremediablemente tullido de la cintura para abajo.
-Vendeme trapos de piso por cincuenta pesos.
-Tomá amigo- le alcanzó dos trapos, -éstos son re buenos, de re buena calidad.
-Gracias, viejo.
-No, gracias a vos. Y decile a tu mujer que si tiene ropa que no use, de pibe o de señora, lo que sea, que me la guarde que yo la reparto en el barrio. Ahí se necesita.
-Bueno, dale, te busco y si hay algo te la doy la próxima.
-Joya.
Se dieron la mano. El otro giró la silla y encaró, con los cuatro perros detrás, hacia el centro de la avenida Mitre; luego giró a la izquierda y desapareció rumbo a Capital Federal.
David entró, se cebó otro mate y siguió tecleando. Al rato volvió a sonar el teléfono. Era su madre:
-¿Viste lo que denunció Carrió?
-… Si, algo escuché en la radio.
-Este gobierno de mierda, ¡asesinos!, que gente de mierda, ¡negros!, le dan de comer a los negros y nos quitan todo a la clase media, ¡nos quitan todo!
-Ahá.
-Espero que el domingo votes bien, eh!
-Voy a votar en blanco.
-¡Nooooo!, ¡Hijooo!, ¡VOTÁ BIEEN!, ¡VOTÁ EN CONTRA DE ESTA NEGRADA!
-Pará un poco, mamá, yo no te digo a vos a quién tenés que votar, ¡libertad!… ¿te gusta Carrió?, entonces votá a Carrió; ¿te gusta Biondini?, entonces ¡votá a Biondini!, pero no me digas lo que tengo que hacer.
-Vos SIEMPRE votaste mal.
-Nunca voté a nadie que ganara, por lo tanto no es mi culpa.
-Yo tampoco voté a nadie que ganara.
-Bueno, entonces en algo coincidimos…
Hablaron unos minutos más hasta que cortaron. David siguió dándole al piano, con un leve y ácido malestar subiéndole por el esófago. Mientras tanto el sol trepaba hacia el cenit, los zorzales cantaban detrás de la ventana, los gatos cazaban a los zorzales y la primavera le iba ganando terreno al invierno que retrocedía día tras día, hora tras hora y minuto tras minuto hacia la total disolución.
Pasado el mediodía sonó el teléfono otra vez. David dejo el piano, giró y atendió:
-¡Hola!
-Hola, pedazo de carnaza, me acaba de llamar Claudia para preguntarme si nos juntamos el domingo para hacer un poco de ruido.
-¿En dónde?
-En su casa… dice que tiene el piano recién afinado para vos. Yo llevo el violín y ella sopla el clarinete. Y eso no es nada: la loca ya secó media planta, y me aseguró que el cogollo pesa más o menos un kilo.
-Uff, bueno, podemos hacer esos covers de Los Cure que vimos en youtube.
-Sí, y los de Depeche Mode.
-¡Ni hablar!
-Y meternos un poco más con esas músicas que escribiste para la última vez que nos juntamos.
-Dale.
-Decime… ¿no te gustaría ensayar una vez por semana y hacer un repertorio para salir a tocar?
-¿Y qué dice Claudia?
-Ella me lo propuso. Me pidió que te preguntara.
-Sí, ni hablar que me gustaría.
-¡Buenísimo!, y la última pregunta: ¿vos podrías los domingos?
-Sí, claro que puedo los domingos… es el día que más al pedo estoy de los siete días de la semana.
-Bueno, entonces nos encontramos el domingo en la casa de Claudia tipo cuatro de la tarde. Acordate de ir a votar antes.
-Sí.
-A propósito… ¿a quién vas a votar?
-A Curt Cobain.
-Jajajaj, bueno, yo también lo votaría al viejo Curt… ¡nos vemos, querido!
-Nos vemos, man.
Colgó. Caminó hasta la cocina y puso a calentar un poco de aceite en una sartén. Sacó dos supremas de pollo de la heladera, mayonesa y dos huevos. Tenía hambre. Mucha. Tocar el piano le daba hambre. Sus amigos le daban hambre. Y el teléfono, y su mamá también. Encendió la radio:
-…”y por las graves amenazas que sufriera el periodista Jorge Lanata al haber efectuado la denuncia que involucra al jefe de gabinete del gobierno nacional, Aníbal Fernandez, con el triple crimen de la ruta de efedrina…”
David apagó la radio, descolgó el teléfono, se sirvió la comida y, en silencio, se sentó a almorzar.

voto

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