La ciudad oscura

La tradición asegura que los descendientes de Caín levantaron las ciudades… salir a caminar, cámara en mano, bajo amenaza de lluvia, de polis, de vecinos indignados, de chorros asesinos, de automóviles desbocados, de perros desencajados, y de micros, y camiones, y colectivos y trenes y ambulancias, autobombas, patrulleros, aviones y posible lluvia de misiles (no olvidemos Hiroshima, no olvidemos Nagasaki), puede ser muy arriesgado. Hasta puede resultar fatal. Pero se confía en que la Providencia esté por sobre todo (lo está); entonces se gana la calle, y se camina… y hasta se disfruta, y uno termina sintiéndose muy feliz pateando por la ciudad de Buenos Aires, que es una de las nietas de las bisnietas de las tataranietas ciudades descendientes de los hijos de Caín, el asesino. Y esa es la maravilla, porque el bien y el mal se confunden en el llano como el agua y el azúcar se confunden en el paladar… ¿y alguien los puede separar?
Intentar la felicidad es un asunto personal, para el caso da lo mismo vivir en la montaña, a orillas del mar o en una sucia trinchera. Intentar la felicidad, también, es desafiar el miedo… ese miedo que nace, como un río, desde el parlante de la radio y la TV, miedo-correntada que fluye desde las redacciones de los diarios y de las revistas y de los púlpitos y de los discursos de la política y de las leyes y de los libros de texto que se aprenden en la escuela-prisión, bien sentados, derechitos y en perfecto silencio… ¡heil!
La ciudad oscura es la sumatoria de todos nosotros, de nuestras elecciones y de nuestros actos; nosotros, los descendientes de Caín: el primer asesino.

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