Un portal de los infiernos

Un jueves, caminando por los alrededores de plaza Miserere, me encontré con un portal de los infiernos.
Los colores cansinos y las irreparables soledades de paloma agudizaron mis oídos y pude escuchar los gritos de los desesperados clamando por justicia. Las zapatillas apiladas en la esquina y el santuario improvisado con los restos de la muerte muda claman por ellos, que ya no están.
“La música no mata”, aseguran algunos pibes por ahí; y es verdad.
Lo que mata es la idiotez.
Hay que aprovechar el momento: todavía el ejercicio del pensar es, como el aire, gratis.
Basta de humos.

Un portal de los infiernos

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