Regreso a casa

Salí del profesorado pasadas las diez menos cuarto de la noche. Caminé por Esmeralda, crucé Córdoba y seguí caminando hasta avenida Santa Fe, la pasé y bajé por el costado de la Plaza San Martín rumbo a la estación del tren en Retiro. En la mitad del trayecto me salió al encuentro una vieja flaca como el aire y arrugada como un trapo, me pidió una moneda
–para comer- me dijo, 
-tengo hambre- agregó, y le di quince mangos. Seguí caminando, crucé avenida del Libertador y seguí por las terminales de los otros trenes hasta llegar al hangar del San Martín; entré y compré un boleto hasta Caseros en la máquina expendedora, tres pesos. Eran las diez con seis minutos, y el hangar ya estaba lleno… algunos fumaban, la mirada fija en el cartel de horarios; otros masturbaban el celular con fatídica futilidad desesperante. Una minoría, de pié y vistiendo sus ropas de trabajo, cenaban panchos con papitas secas y mostaza color caca. Levanté la vista: el cartel luminoso anunciaba el próximo tren a las diez y media. Me entraron ganas de fumar, pero no tenía más que dos pesos. Caminé hasta el kiosco para comprar un pucho suelto, pero el kiosquero me explicó que ya no se venden puchos sueltos, está prohibido por la ley. Pensé en manguear, pero no me dio la cara, todos los fumantes parecían muy pobres, o por lo menos bastante más pobres que yo. A las diez y veinte carraspeó el parlante de la estación y una voz masculina bastante inentendible dijo:
-accidente en Villa del Parque, no se asegura la continuación del servicio…
Encaré a un poli, le pregunté cuál era el último tren: -éste es el último-, me dijo, -éste, el que no va a salir-.
Me metí el boleto de tres pesos en el culo y regresé sobre mis pasos. Pasé nuevamente por las terminales de los demás trenes, Belgrano Norte y Mitre; crucé avenida del Libertador y otra vez costeando la plaza apareció la señora hambrienta con cara de viento… le di los dos pesos que me quedaban y seguí caminando. Encaré avenida Santa Fe rumbo a la parada del 111 o del 39, daba lo mismo. Crucé 9 de Julio y enganché justo un 39 cartel rojo. No paró. Atrás venía un 111, lleno hasta el borde. Lo paré, paró y subí.
El bondi tardó cuarenta minutos en llegar a Chacarita. En la mitad del trayecto se desocupó el asiento que tenía justo frente a mí y se lo cedí a una señora boliviana muy gorda y cansada que estaba sudando profusamente a mi lado…
-muchas gracias, señor- me dijo con evidente alivio, -no es nada- le respondí. Mientras pensaba que ceder un asiento realmente no es nada, una jovencita comenzó a blasfemar a mis espaldas: -bolivianos de mierda-, susurraba destilando veneno, -los argentinos parados y ellos sentados, negros cabeza, mierda, villa, villa cabeza cagada mierda, y este idiota que le da el asiento a la negra, ¡mierda!-
La ignoré. El colectivo se fue llenando cada vez más, hasta el punto “lata de conservas”, pero cuando llegó a Palermo Hollywood se vació como por arte de magia. Finalmente llegó a destino, me bajé frente al cementerio de Chacarita, corrí y me trepé a un 123 que prácticamente se ponía en marcha. Me senté y en tres minutos me dormí. A los quince me despertó la ausencia del ruido del motor: -todos abajo- dijo el chofer, -el coche está roto-.
Bajamos, Constituyentes y De los Incas. Eramos unas quince personas. A mi lado una vieja se puso a chillar contra el colectivero, contra la presidenta, contra la democracia y contra el universo en general. Llevaba una bufanda muy rosa y lápiz labial muy rojo, la piel de la cara arrugada como un rollo de la Torá escrito por puño y letra del Rey Salomón. Uñas muy largas, zapatos negros charolados e impecables, y un rodete en la coronilla redondo como un pequeño planetoide. Chillaba y chillaba exhalando veneno con esa naturalidad que da la práctica, debía tener cerca de cien años y todavía tenía las ganas de chillar intactas. La ignoré. Nuevamente me entraron ganas de fumar y vi que el chofer lo hacía mientras esperaba el relevo; lo encaré: -¿me convidas un pucho amigo?,
-No tengo más-, me contestó, -era el último-

Media hora más tarde llegó el relevo, doce y media de la noche. Venía bastante lleno, y con nosotros arriba reventó. Viajé parado hasta Caseros, bajé en Mitre y Alzaga, caminé treinta metros hasta la puerta de casa, entré, saludé a mi mujer que terminaba de cenar con una amiga, me di una ducha muy calente, me preparé unos mates, me los tomé, escribí, me metí en la cama, leí un libro y me dormí.

rac

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