Las mismas noticias de siempre

Miércoles por la noche. Llovía. Clarisa hacía tiempo, deambulando por El Palomar. Pasó por el baño de la estación del San Martín, se comió un pancho con papitas, cruzó las vías, caminó una cuadra, giró a la izquierda por “De los Ceibos” dejando el boulevard detrás, y, viendo el campanario a lo lejos, caminó hasta “San Miguel Arcángel”, esperando encontrar el oficio de una misa.
La parroquia estaba cerrada. A la derecha del portal, un acceso, y arriba de éste, un cartel:
“Alcohólicos anónimos”… “Reuniones lunes y miércoles de 18:30 a 21”.
Miró el reloj: eran las 20:15. Pensó en entrar. Se asomó a la dependencia: desde el descanso, una escalera descendía hasta una solitaria estancia pequeña, cuadrada y silenciosa, iluminada por una débil bombilla eléctrica. Un oscuro pasillo se abría hacia la derecha. Clarisa permaneció de pié, viendo los escalones yendo hacia abajo, tratando de imaginarse la cantidad de botellas que había vaciado en cuarenta años. Las vislumbró una detrás de otra, ordenadas en fila india a lo largo del Boulevard San Martín… una, dos, tres cuadras de botellas vacías. Se preguntó cuanta capacidad representaban todos esos envases. Dos o tres bañeras. O tal vez una pileta llena de vino tinto hasta el borde, donde ella nadaría dentro, ebria, buceando en vino. Sufrió un vértigo en el hígado, y náuseas. Esperó a que pasaran, dio media vuelta y ganó la calle. “Tal vez otro día”, pensó. Abrió el paraguas y las gotas arrancaron un nuevo concierto percusivo de azarosa precisión.
Atravesó un pasaje y salió a un restaurante semi vacío. Luego, un café. Mesas negras, pisos negros, la eterna TV. En la esquina, frente a la plaza, se detuvo a ver zapatillas de oferta. Tacones, sandalias y chinelas brillando bajo asépticas lámparas dicroicas eternamente encendidas, frías, aburridas. Giró y distinguió, a lo lejos, el fuselaje del avión de combate pudriéndose bajo el imparable chubasco. Plaza militar. Barrio militar. La explanada, lúgubre y decadente, era un yermo oscuro, una trinchera bonaerense. El edificio de FINCA, a su izquierda, lo mismo: triste y degradado. Siguió caminando mientras las carnicerías, los kioscos, las corseterías y los supermercados cerraban sus puertas. Pasó por un bar de noche, vacío, la TV encendida y las mismas noticias de siempre: muerte, miedo, soledad; luego llegó a una parrilla de paso. Dentro, el parrillero parado frente a una televisión vetusta, la mirada acuosa, perdido entre los espesos nubarrones que sobrevolaban la privacidad de su cerebro. Fuera, un viejo y una vieja esperaban sus chorizos, sentados en sillas de metal, rodeados de paredes de nylon. Las veredas, inundadas; los bondis, vacíos. Viento y frío.
Regresó sobre sus pasos, caminando lentamente. Esa lentitud que despertaba las sospechas de todos los que cruzaba… “Ya nadie camina lento”, pensó… “Ya nadie camina por caminar, todos van hacia algún lado, hacia algo específico”.
La vida se había transformado en un objetivo, en una sucesión de logros, en una cuenta bancaria, en premios y en aplausos. El eterno presente empeñado por espejos coloridos en beneficio de un futuro idealizado. Pero no había tal futuro, ésa era la falacia: siempre era presente, moneda de cambio, el “mientras tanto”, terreno del hacer ininterrumpido sin tiempo disponible para echarse a descansar. Menos disfrutar. Por eso bebía, el alcohol la ayudaba a olvidar. Si la ayudaba, claro. El futuro, los errores, los aciertos, los fracasos, toda la presión. Sabía que habría otros modos mejores para trascender todo el asunto, pero un cansancio estructural y una tristeza endémica le minaban la voluntad como un ejército enemigo rodeándola por la fuerza. Año tras año, la vida se volvía un desencanto, y los momentos de dicha, una rareza. Y estaba harta de ponerse frenos… ¿no daba lo mismo vivir o morir?… ¿acaso nunca moriría?… ¿qué le pasaría al mundo cuando ella ya no estuviera para verlo? ¡nada!, nada le pasaría al mundo… “si hay algo que no permanece es la memoria de los que ya no están”, se dijo.
Cruzó nuevamente las vías del San Martín. Un convoy se acercaba desde Caseros, y ella esperó a que pasara. El tren desfiló frente a sus ojos mostrando su etéreo cargamento humano rumbo a sus hogares, a sus pequeños mundos, sus acogedores nidos y sus infiernos personales.
Dejó las vías atrás, caminó hasta el gimnasio y se sentó a esperar. Pasadas las nueve, bajó Juana, su pequeña hija.
-¡Hola mamá!
-Hola Juana ¿cómo te fue?
-¡Re bien!, hoy me gustó mucho más la clase de jazz que la de clásico… y mis compañeras son mucho más amables que las del otro curso.
-¿Y que bailaron?
-Practicamos como media hora una coreografía sin música y después Ana, la profesora, puso una canción… ¿cómo era?… ¡tengo que buscarla!, sí, eso: “Dios Tango”… pero en brasilero… “Deus… Sango, o Xango”… ¿qué raro el nombre, no mamá?
-Sí, el nombre es raro, pero esa música es hermosa.
-¡¿La conocés?!
-Sí.
-¡Yo la quiero tener, así practico en casa!
-Yo te la consigo en internet, Juana.
-¿Y vos que hiciste, mami?
-Caminé.
-¡¿Las dos horas?!
-Sí.
-¿Y no te aburriste?
-No, hija.
-Mamá… ¿ya vamos a casa?
-Sí.
-¿Qué vamos a comer?
-Pasta con tuco.
-¡Sí, que rico!
-Pero antes de tomar el colectivo vamos a comprar queso rallado al supermercado de enfrente.
Cruzaron. Clarisa compró un paquete de queso rallado y dos botellas de vino tinto. Luego caminaron, bajo la lluvia, hasta la parada del 53. Llegó el colectivo y subieron. Media hora más tarde bajaron, caminaron hasta la casa y entraron. Mientras Juana se bañaba, Clarisa preparó la salsa. Luego hirvió la pasta, sirvió la comida y descorchó una botella de vino tinto.
Y mientras cenaban encendieron la TV para ver las mismas pésimas noticias que siempre hablaban de lo mismo: muerte, miedo y soledad.

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