Betty Boop en el infierno

Caminaba por Bonifacini, yendo hacia Lourdes, cuando me crucé con Betty Boop. Vestía un corsé negro, ajustado al cuerpo como un asesinato. En sus pies, botas negras de taco aguja subiendo hasta la mitad de las pantorrillas. Medias bucaneras de nylon con puntillas forrando sus blanquísimos muslos. Pestañas postizas kilométricas, labios pintarrajeados de un rojo furioso, aros tridente colgando de las orejas y una cola de diablita enroscada en el piso, asomando por detrás de su trasero (no quise saber desde que profundidades, no quise imaginar que tipo de adminículo se prendía a su cuerpo)
Por detrás, revoloteando un poco más arriba, el mismísimo diablo… camuflado como una inofensiva cajita de bombones en forma de corazón.
¿Que cómo supe que era el diablo?
Ya se sabe que el coludo es incapaz de disfrazarse del todo en ángel de luz. Menos de mantener esa forma. A veces lo traiciona un gusanito, o una caries, o un fétido hedor cloacal.
Esta vez fue su malvada y bífida cornamenta.
Me acerqué y observé a la pobre criatura. Reconozco que el contraste entre su inocente carita, su tremendo lomazo, la híper sexuada indumentaria que la cubría y la realidad de las llamas -eternas-, hizo que me pusiera un poco caliente.
Así de perturbado somos los hombres, así de caídos. El diablo, entonces, me habló desde su estúpido disfraz:
-No te compadezcas, humano, también es tu culpa.
-¿Mía?
-Sí, tuya, no te hagás el boludo.
-No te entiendo, diablo.
-¿Te gusta?
-¿Quién?, ¿Betty Boop?
-No, la madre Teresa ¡pelotudo!
-Ah, si, siempre me gustó Betty Boop.
-Te calienta, ¿no?, como a todos.
-Y… sí.
-Bueno, el asunto es que a la pobre chica se le pegaron los deseos sexópatas de varias generaciones de pajeros, y al final desbarrancó. Y ahora es mía.
-Bueno.
-¿Bueno?
-Y… sí… ¿que querés que haga, diablo? ¿que puedo hacer ahora por ella?
-Ahora nada, infeliz, como si yo quisiera que hagas… ¡como si ella quisiera!… ¡¡BETTY!!
Entonces Betty, respondiendo al rugido de Satanás, giró la cabeza, clavó sus ojazos negros en los míos y chilló un siseo de serpiente filoso como una navaja y helado como el acero:
-Desaparecé, mierda, que por fin tengo al macho que siempre soñé ¿quién te pide ayuda?, ¡pajero!, ¿no sabés que el carnero eyacula chorreadas de fuego?
Entonces, frente a mis ojos, el diablo se la montó. Mientras lo hacía llegaron varios súcubos que se prendieron de inmediato en el asunto, y hasta apareció el perro cancerbero, meneando la cola como si nada mientras babeaba por la boca y meaba un líquido blancuzco desde el pito duro.
Tan perversa y violenta se puso la cosa que hasta me dio vergüenza.
Entonces me di media vuelta y me fui; bastante apurado, la verdad, porque llegaba tarde a la misa de siete.

in hell

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