Más de mil kilos

Era de noche, pasadas las diez.
Caminaba por Lacroze, desde Cabildo y rumbo al cementerio.
Me dolían las piernas, me pesaban los pies… la espalda latiendo y aplastándome hacia el piso como una masa informe de cemento.
Tan agobiante era el dolor que tuve la certeza de que algo irremediable colgaba de mi cuerpo.
Encontré una vidriera en penumbras, me giré y, por encima del hombro, me vi en el reflejo.
Y lo que vi me espantó:
De mi hombro derecho, agarrado con las dos manos, colgaba mi viejo; la pelada plateada y brillante bajo la luna.
Mi vieja colgaba del izquierdo, y de ella colgaba mi hermana, manoteándole el camisón.
Mi mujer, como un cangrejo, se prendía de mi cuello, y de ella colgaban mi suegra, mi cuñado, su mujer y los dos pibes… hasta estaba la novia del más grande, y también colgaban la abuela y el tío.
Mis sobrinas colgaban del abuelo, y de ellas su papá. Y de todos ellos juntos oscilaban, como fístulas, una multitud de amigos y enemigos, alumnos y vecinos, maestras de escuela, ex novias, profesores de colegio, policías, bomberos, jueces, curas… hasta estaba el pastor de la escuela cristiana evangélica en donde me recibí de técnico.
Me quedé un rato viéndome y viéndolos, absolutamente perplejo y ajeno a todo lo que sucedía a mi alrededor. Me entraron unas ganas enormes de llorar y me pregunté como era posible vivir con toda esa multitud colgando a mis espaldas. Luego comencé a caminar despacio, espiándome de tanto en tanto en las vidrieras con el rabillo del ojo.
Así fue que los vi: espectros… una turba de ellos, agarrados de mis talones y de mis pies, espectros pálidos y casi transparentes, una triste aglomeración de espectros flacos como el aire, sombríos y mudos.
Y estaban todos: mis cuatro abuelos, mi suegro, mi anterior mujer y esa hija nuestra que nunca vio la luz… estaban los amigos que se fueron y también los muertos de todos los que, aún vivos, colgaban un poco más arriba.
Me di vuelta… la cadena de muertos seguía y seguía hasta el semáforo, y luego se perdía dando vuelta a la esquina.
Seguí andando, sintiendo el fantástico y abrumador peso del inexplicable misterio de todo alrededor.
Más tarde llegué a Chacarita, el tren a mi derecha, el Imperio a mi izquierda… y al frente, el cementerio.
-Tengo que hacer algo al respecto-, me dije; -con razón voy siempre tan cansado-, reflexioné.
-Todo este lastre debe pesar más de mil kilos-, calculé un poco más tarde mientras me trepaba al 123.

preso

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