La estela silenciosa

El torrente sanguíneo lleno de sal; miles de ojos, pares de ojos, todo alrededor, juzgando el ser hasta el infinito mientras el horno sube la temperatura y se desnuda la verdad en un vaso apurado, un vaso marrón, humo, alcohol, llanto, muerte. Lo inentendible en esos ojos. Un espejo. Otra vez, desde la cárcel del alma, el juego del límite y de la verdad. Otra vez las lágrimas y el dolor como tenazas mordiendo la carne interior, las llagas, como si el alma fuese carne y sangre. Me voy, rumbo a lo desconocido. Creo que  he vivido y he molestado lo suficiente. Me voy, no sé cuando, pero me voy. Cuarenta y tres años ya es una vida. Y tal vez he aprendido que una vida, la vida, es demasiado. Todo es demasiado. Yo soy demasiado. Me voy y necesito redención, una garantía contra los demonios. Sé que no merezco esa gracia, pero imploro por ella. Me voy. Sé que no me extrañarán, y lo entiendo. Cuando uno es demasiado deja tras sus pasos una estela silenciosa, llena de reposo y de soledad muda. Disfruten.

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