Agosto -como una Uzi-

Agosto es un mes de cumpleaños que se suceden como las descargas de una ametralladora israelí. Primero, mi viejo; luego mi vieja, y al final yo, justo pasado el meridiano que separa al insoportable león neurótico de la virginal, sexy, alocada, irresponsable e hipersensible muchachita que se fuma la vida como se fuma un buen troncho grueso como un pulgar de Pappo o de B.B. King (que Dios los tenga en su blusera Gloria).
Y no es que ella no tenga problemas, hasta las medias de nylon, las minifaldas y los tacones kilomértricos lo son… simplemente entiende que ayer tenía quince abriles, hoy por la mañana treinta y tres, ahora mismo cuarenta y seis y mañana… ¿quién carajo sabe que va a pasar mañana, salvo el sobretodo de madera y el inexorable olvido?
Por eso es un buen rejunte fotográfico mostrar aquello que más me gusta: lo que la gente escracha en las paredes, los templos en donde suelo comulgar con Dios, la familia festejando el cumpleaños de la mamma, el brillito de la lámpara en el vidrio transpirado -“¡la luz, la luz!”-, y el elixir de toda cocina virginal, siciliana, beoda y libertina: moscato, pizza y fainá (y si el moscatel no aparece es porque, o se está helando en la heladera o corre libremente por el torrente sanguíneo rumbo al lóbulo occipital)…
No tiene mucho sentido entender lo inentendible, o sea, la vida. No tiene sentido siquiera hacerse problemas (“no se preocupen por el día de mañana, porque no pueden volver blanco o negro uno solo de sus cabellos”)… hasta aseguraría que la vida no tiene ningún sentido… ¿como puede tenerlo si no sabemos de donde venimos, ni porqué venimos, ni adonde vamos, ni porqué vamos ahí, donde seguramente iremos, como todos, cuando se vacíe el carretel y llegue el fin de -nuestro- tiempo?
No tiene sentido la vida, es verdad, pero sí que tiene un inmenso valor… “Anda, pues, come tu pan alegremente junto a la mujer que amas y bebe gustoso tu vino, porque Dios ha bendecido tus trabajos”…
Intentar la felicidad, por sobre todo y todas las cosas, es el único propósito valedero que he encontrado en este plano, no otro.
Porque todo lo demás, el auto, las guitarras, el techo, la cuenta bancaria, el piano, el orgullo, la heladera, la democracia, el pito, la casa, el frío, la parrilla, el tiempo, ¡todo!, se lo lleva el viento. Y se acabó.

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