La ironía de los justos

Yo estaba sentado en las escaleras del profesorado en donde estudio. Para llegar allí había viajado una hora en colectivo, cuarenta minutos en subte y caminado más de diez cuadras bajo una lluvia torrencial. Llegué, entonces, y me senté en las escaleras, un poco recostado sobre el codo izquierdo. Estaba empapado de las rodillas para abajo… los pies, las zapatillas, las medias. También llevaba mojada gran parte de la cola y más de la mitad de la espalda. Aparte de llover a cántaros hacía un frío ventoso de mil demonios. Yo cargaba con un bolso lleno de partituras, dos libros de Melville que acababa de comprar en una librería de la calle Corrientes, y un paraguas negro que acababa de romper contra unos alambres que sobresalían de una obra en construcción.
Me sentía abatido y extenuado.
En eso estaba cuando veo llegar al rector del instituto, que aparte de ser el rector es también el cura que ahí oficia misa; y veo que mientras comienza a subir lentamente las escaleras dirigiéndose hacia mí, me sonríe con una sonrisa tan beatífica como la del Buda.
Le sonreí también, y lo saludé -hola, buenas tardes-…
Sin embargo el ignoró mi saludo, y continuó acercándose más y más, ampliando su gesto a cada paso, caminando limpiamente justo hasta detenerse a medio metro de mi cara. Entonces se agachó un poco, estiró el brazo en un ademán de darme algo con los deditos todos juntos, y con una ya fantástica sonrisa me dijo:
-Tengo una monedita para dar-
Y se rió. Una gran risotada. Luego se dio la vuelta e, ignorándome, siguió subiendo escaleras arriba hasta desaparecer.
Me quedé mudo. Sin saber bien porqué me sentí sucio. Luego pensé que ese era su delicado -e irónico- modo de decirme que yo, levemente recostado en las escaleras, cansado y empapado por el chubasco, parecía un mendigo, un indigente mugriento y zaparrastroso.
Justo cuando empezaba a sentirme indignado, recordé a Jesús… ese “borracho y comilón que se junta con prostitutas y pecadores”…
Entonces recobré la paz, que me inundó como una oleada.
-Estoy del lado correcto-, me dije, -no son los justos los que necesitan médico, sino los zaparrastrosos como yo-, pensé.
Agradecí esa moneda imaginaria y su gesto fortuito. Aún sentado en las escaleras -como un borracho- esperé a que se hagan las cinco y media de la tarde.
Entonces sonó el timbre y me fui a mi clase de dirección coral.

cura

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