Dios es el aire

Tengo un recuerdo visual, táctil, sonoro y nostálgico de ese verano. La sensación de llegar un día muy oscuro y nublado, corretear con mi sobrina por el jardín entre pastos muy verdes y dolores de risa… y luego el delantal, las mesas, descorchar los tintos, servir las pizzas y las pastas; la sucesión de las noches y de los días atendiendo a los clientes del restaurante. Música italiana, roquefort, limoncelo y peperoncino… y unos cuantos mareos etílicos que me elevaban diez centímetros por arriba del piso. Todo el alcohol que sobraba, tinto, blanco, rosado, destilado, fermentado, todo iba a parar a mi torrente sanguíneo. Y nadie parecía darse cuenta. Yo intentaba romper una membrana que me cubría hace años, y que me ahogaba con verdaderos ánimos de asesinarme el alma, porque con el cuerpo no le bastaba. Recuerdo haber sentido eso un tiempo antes de viajar, lleno de terror: la certeza de que no sólo a uno se le puede morir el cuerpo, sino también el alma. Entonces bracear, desde el abismo y hacia arriba, en busca de la luz. Porque el aire siempre está, Dios es el aire, pero uno tiene que bracear. En eso estaba cuando llega la invitación a trabajar de mozo en el restaurante… respuesta: -Sí, ya mismo… ¡como no!-
La foto es cerca de ahí, en una estancia. Día de recreo. Me acompañan mi hermana y mi sobrina, sosteniendo su “pichino”. Yo parezco estar enojado, pero no: estaba maravillado por volver a la luz, y esa cara me ayudaba a concentrarme, cara de Bukowski, cara de San Agustín escapando de los callejones de Babilonia.
Ya pasaron doce años y la membrana está rota.
Amén

2003

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