Un viernes en Parque Patricios

Bajamos del 53 a eso de las tres de la tarde, y desde esa hora hasta que nos sentamos, pasadas las ocho de la noche, en las mesas de la cantina “La Marquesa” -cornalitos, rabas a la romana, filet de merluza con papas fritas, vino tinto malbec- ejercitamos el caminar, al azar, por un barrio proletario, luminoso, fascinante y peligroso por momentos -la última vez que pateamos por ahí fue un domingo, y eso sí fue peligroso-, camiones repletos de carga, grafittis, perros callejeros, perros perdidos, casas del siglo pasado y hasta algunas del siglo anterior… el río está presente en el aire, está presente el espíritu malevo, el paco, las putas, la carne que se dora en la parrilla, el bar y la birra, el mate amargo, los conventillos atestados y la misoginia solapada en una tabla de lavar. Y huracán-el-globo escrachado en cada pared, por supuesto.
Luego, lo de siempre cuando se camina durante horas: el reloj que se olvida, la hipérbole solar y el cambio de la luz y del color; las sombras que se alargan, las tribus urbanas que se renuevan con la llegada de la noche; la vida, en definitiva… esa colmena humana que, como un hierro al rojo vivo, nunca -asegura Stapledon- deja de marcar cada rincón del alma.

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