El puerto y los aviones

Desde Retiro, caminando por avenida de los Inmigrantes y girando a la izquierda por Edison, se gana una zona febril, ruidosa y aceitosa, humeante, atestada de camiones-ciempiés, grúas kilométricas,
barcos-remolques que llegan y que se van con sus toneladas a cuestas, containers apilados hacia el cielo como gigantescas fichas de dominó, pequeñas parrillas mugrientas de paso y veredas estrechas que dejan adivinar el paso de una fauna nocturna de tacones altos, medias de nylon, tetas plásticas y sexo muy fácil por tan sólo un puñado de monedas. Y ratas. Y agua, patos, garzas blancas como el algodón. Y la súper usina-basílica-templo griego-pagano Carlos Gívogri que se recorta contra el cielo y atrapa la mirada. Y, por sobre las cabezas, aviones, sobrevolando muy cerca a cada minuto, gente sentada en sillones mullidos sobre la silenciosa humanidad de un pasante fotoquero que se dirige, al azar, rumbo a la nada…

Entonces, en algún momento, llega el río; y un rumor de mar lejano y el sabor de la sal y las escamas golpean el alma y la inducen a la nostalgia de esa vida que no es, porque es ensoñada, la de una casa frente al mar, la de un ventanal viendo hacia la luna llena que trepa desde la raya mientra crepitan las llamas y los fantasmas bailan sombras chinescas sobre la pared…
Pero termina, y se gira a la izquierda y aparece, de nuevo, la ciudad maldita.
Y es contradictorio, uno ama lo que odia y odia lo que ama, si basta una sobredosis de soledad y silencio para dirigir la añoranza hacia la marea humana, hacia viajes atestados en el tren, hacia los ríos-autopista, los bosques de neón y esa sucesión de esquinas interminables que se patean porque sí, porque hay que salir y es lo que hay, lo que a uno le tocó en suerte.
Y no es poca suerte, la verdad.

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