Ecos de una tormenta

Acabo de llegar, nuevamente estoy aquí, medio de moscato frío, hielo, chica fugazetta rellena. Una mujer sola me observa con sospecha.
La oscuridad me rodea y brota también desde mi pobre corazón. El sentimiento es de inutilidad extática, muerta. También siento que soy maldito y malvado, y que necesito que vos también me odies.
Pienso en todo lo que doy: mi entrega, mi tiempo, mi esfuerzo; pero también vos me has dado tu entrega y tu tiempo y tu esfuerzo, solo que vos no estás bien, caés y caés, y ahora yo te acabo de dar un buen empujón hacia el abismo.
No importa lo que se haga, siempre se equivoca el camino, el tiempo, la palabra. No importa el esfuerzo que se dedique al amor, las cosas resultan solo como tienen que hacerlo más allá del esfuerzo personal. Y hay una tensión vigilante en el caso de querer ayudar al otro que resulta en violencia, porque el otro es como es, como uno, como todos.
El sexo es hermoso pero también puede ser un modo de probar algo, una herramienta. Se puede probar que uno no es un ser inseguro –aunque lo sea- se puede probar que uno ama a esa persona –aunque no ame- y que uno se entrega –aunque no-.
El sexo es también, más allá de su belleza, un tirano. Pero es curioso porque no es naturalmente así sino que lo transforma en ello el pensamiento. Casi lo mismo sucede con el dinero.
Y también puede ser lo más horrible del mundo, cuando se hace triste y por obligación.
¿La libertad? Para ser libre tendría que serlo primero de mi pensamiento, y con ello cae la mirada ajena, y con ello cae el miedo, y con ello cae la necesidad y con ello cae la envidia y con ello cae la tristeza y con ello cae la inmovilidad.
Para ser libre tengo que poder, como Jacob, enfrentarme a Dios mismo y luchar por mi vida como si luchara por el aire que respiro y el agua que bebo.
Tengo miedo de morir, primero. Luego de morir solo, y también de morir equivocado. Hoy siento que si muero estoy equivocado y solo. También existe el miedo al fracaso, a la invalidez, a entrar en un camino sin retorno, miedo a perder la fe.
Cuando me siento un impostor o un maldito, como hoy, las cosas que me rodean, los árboles, los sonidos de domingo, son mucho más claros e indiferentes.
Yo quiero que vos me admires y me rompo el alma por ello… y solo resulta esto: que vos no me admirás y que mi alma está rota.
El sonido de la sirena me golpea y me da temor. De morirme, de que te mueras, de que me peguen un tiro, de que te violen, de torturas y maltratos estatales.
También escucho los otros ruidos, los motores de los autos, un conjunto de voces heterogéneas que viene y va, un avión en lo alto, la bocina del tren. Y el perro del vecino que ladra sin parar porque está solo.
¡Cuanta gente viviendo al mismo tiempo!, gente sintiendo su vida tan importante como yo siento la mía, con penas y alegrías, con tristezas y desgarros, con sexo, con problemas de guita… y todos, sin excepción, con un pie en la tumba.
Y veo pasar dos hormigas negras caminando lentamente por la reja de la ventana a cuarenta centímetros de mi brazo escribiente. Y devoran la enredadera. Y son devoradas.
¿Cómo seguir? ¿Qué papel me toca? Bien, primero debería empezar a pensar en mí, dejar de beber hoy mismo, levantarme temprano, aprovechar el día.
Concentrar mi esfuerzo en lo que hago: la música. Entrenarme, como lo hacía antaño, antes del alcohol.
Bajar de peso es fundamental, cuidar la voz, engancharme nuevamente en el orden y la disciplina, con perdón de la palabra.
Entonces suena el teléfono (o no) y la voz quebrada del amigo (o el pensamiento) y el dolor y las palabras y el rito: una mesa y dos sillas (o sólo una) y la palabra (o el silencio) y dos vasos (o sólo uno) y una grande calabria (o una chica calabria) y un litro de moscatel frío (eso sí!) y más y más y más. Y eso también.
Ahora estoy en la universidad y viene la hora de matemáticas, la primera luego de veinte años.
La sensación es la que se siente cuando se pierde el tren y se sabe que sí o sí se llega tarde, pero estoy comenzando una nueva carrera y estoy lleno de entusiasmo, aparte del miedo y del sentimiento de incapacidad.
¿Qué es la envidia? ¿compararse? ¿y al hacerlo sentirse menos? ¿y cual es el punto exacto en el que todas las cosas están en reposo y cual es el punto en el que vibran con su máxima energía?
Es como el tamaño del pene. Los que lo tienen chico dicen que lo que importa es el modo; los instrumentistas mediocres dicen que lo importante es transmitir, no tocar el piano o la guitarra como un animal.
Me quedo con los primeros, pero claro, yo soy una mediocre guitarrista y tengo el pene chiquito, y siento envidia.
Hay músicos y fotógrafos y pintores y literatos en los cuales los sonidos y la imagen y los colores y las palabras son un pretexto para la exposición de la perfección técnica.
A veces me calientan esas minas de la red que revientan de tetas y de culo y de labios y de piernas enfundadas en nylon y de portaligas y corsets y tacones de seis pulgadas, pero siempre, cuando terminamos de coger, siento que sos la única que quiero y necesito , y que sos lo mejor que me pudo pasar, y que tu piel es mi casa, mi fueguito encendido, mi poesía personal.
La magia es Dios hecho materia. Es la bici, el porro, tu piel, las lágrimas, el viento, la computadora, el mar, el asado y las brasas, el vino y la misa, el dolor de la abstinencia, la muzarella que se derrite en el horno mientras descorchamos otra botella, mientras hablamos palabras que suceden porque Dios se volvió electrón protón y neutrón.
Anoche hicimos unas pizzas, tomamos moscato y bebimos unas birras, también vimos películas. También hablamos, discutimos y peleamos, y el alcohol nos obligó a ir a dormir sin saludar.
Hoy al mediodía regresamos con una sonrisa… cuando no hay falta de respeto no hay problema, se puede discutir y disentir, finalmente es un enriquecimiento.
Luego te fuiste a ver a tu papá y me quedé solo viendo un film porno de Sasha Grey…

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