Una infinitesimal fracción temporal

Los perros perdidos escrachados en la pared; los perros en el nido, entre rejas, deseando desesperadamente ganar la calle. Sombras y colores que oscilan desde la mínima a la máxima vibración del espectro; ramas llenas de vida bebiendo luz, esa que es producto de la fusión catastrófica y controlada que sucede en el corazón de la estrella más cercana -y hace más de cuatro mil millones de años-… Y la brisa. Y la piel que cubre el cuerpo, y el cuerpo que cubre los órganos, y los órganos que encierran, de algún modo extraño, el alma de un ente, de un observador consciente, el espíritu de un ser humano que cree, o pretende, entender lo que sucede, con una pequeña fracción de tiempo disponible, cien años, que es una infinitesimal fracción del tiempo de la vida de ese sol que lo ilumina, o de esa brisa que lo emociona, o de toda la incomprensible maravilla que lo rodea y supera.
Y la cifra.
Nadie puede asegurar -ni negar- que la vida, nuestra vida de colmena humana, está actuando en una triste parodia, o en un terrible drama que ya es de ciencia ficción.
“La realidad” aseguró Clarke “siempre será más fantástica que la elucubración más fantástica”… Y no se puede negar, tampoco, que podemos crear amor aún en medio de la locura.
Mientras tanto, la luna plateada nos ignora detrás de las ramas que también nos ignoran.

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