Invierno en La Ventania(3): El Parque Provincial y el Ex Club Hotel

“Prohibido Pasar”, reza el cartel frente al infinito Parque Provincial. La barrera: alambrado de siete hilos, ese que habilita a abrir fuego sobre el que lo atraviese. A la mierda, lo saltamos… ¡el Parque Provincial es un parque del Estado, y el Estado somos todos!…
Dentro no hay caminos; hay bostas de vacas y caballos, hay osamentas de irreconocibles bichos, hay espinos gruesos como agujas de tejer, hay mucho horizonte, una envidiable vista de las sierras, del ex Club Hotel, de las estancias “Cerros Colorado” y “Las Vertientes”, hay piedras, hay silencio, brisa, sol y más silencio. Ese silencio está construido con el “uh uh” de las torcazas, con el viento susurrando entre los pastizales, con la vertiginosa huida percusiva de las torcazas y el crepitar de la seca hojarasca rompiéndose bajo la suela de los pies. Es pleno invierno, pero el brillo de la estrella quema. Estamos solos, pero nos sentimos acunados bajo la gigantesca bóveda de nuestro maravilloso planeta azul.
Subimos, bajamos, nos alejamos hasta que coqueteamos con la posibilidad de seguir y seguir y seguir hasta llegar al mar. No es imposible: nos separan ciento cincuenta kilómetros de él, pero nunca para caminarlo en un día y sin estar debidamente preparado. No hay que olvidar las yararás. Ni las viudas negras. Entonces regresamos sobre nuestros pasos, nuevamente subimos y bajamos, atravesamos un par de finos hilos de agua, nos lastimamos con los cardos, rompemos la ropa, tropezamos con las piedras y finalmente volvemos a saltar los siete hilos. Más tarde llegamos al pueblo, pasamos por el supermercado y compramos medio costillar de cordero, chorizos y unos tubos de tinto. Cuando llega la noche enciendo un gran fuego rojizo y amarillo y aso todos los bichos al calor de las brasas del pino muerto el año anterior. Luego leemos, vemos algo de TV, nos vamos a dormir.
Al otro día salimos tarde y caminamos unos kilómetros hasta el Ex Club Hotel. Brilla una luna que es la previa a la llena. Plateada. Hace frío, hay unas nubes largas y kilométricas que flotan como esponjas endiabladas; las aves regresan a sus nidos, la desolación del sitio se compensa con el, nuevamente, amigo silencio. Todo alrededor. Alguna que otra vaca nos observa al pasar, mientras rumia su comida vegetal.
El Ex Club Hotel es un montón de ruinas, un patético recuerdo de un mundo que ya no es. Cuna de Cogotudos, Nazis, Curas… se percibe una sordidez que persiste con los años. Uno se imagina muchos crímenes cometidos en ese lujoso desamparo.

Regresamos de noche y, nuevamente, encendemos un fuego y asamos una carne, pero esta vez es pechito de cerdo. Insistimos con los chorizos y con los tubos de tinto también.
Luego vemos algo de TV, leemos en la cama y nos vamos a dormir.
Así pasan los días en Villa Ventana, y uno, poco a poco, sintoniza más y más… hasta que tiene que empezar a pensar en regresar.
Justo cuando el sitio le preña el alma hasta la médula.

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