Una sesión de belleza boliviana

Emprender un viaje extenso -creo que un mes lo es, por lo menos para mi aferrada civilidad ciudadana-, y más si ese viaje sucede lejos del ámbito común como lo es un país extranjero, cambia todas las cosas: el sentido del tiempo, las costumbres culinarias, el cuerpo, los pensamientos, los miedos y las pequeñas felicidades cotidianas… renueva, se podría decir. Y luego al regresar -como hoy regreso-, uno se llega a sentir preñado de algo nuevo, un impulso adolescente, tal vez creativo; me encuentro… embellecido. Y que más da, si en Bolivia es más fácil encontrar una peluquería abierta a las siete de la mañana que un bar en donde sirvan un café digno, y eso hablando de La Paz, la caótica y modernizada y ultra multipluralista La Paz. Y si bien no soy mujer por un extraño capricho de la naturaleza, bien podría en mi sentir haber pasado por ese centro de estética femenil. En fin, aclarar oscurece, y aún no me baño luego de dos días y medio de micro, y me voy a la cama a reencontrarme con mi colchón, y antes con mi ducha, y ahora mismo con todo mi nido, por eso me detengo aquí. Pero antes de terminar -siempre uno deja lo más importante para el final, es un recurso de tensión literaria, como el V7 en la música- hay algo que fue una constante en el viaje, y lo es ahora, porque está en todos lados y en todos los viajes y en todo tiempo, es constante como la barba que crece, como los problemas y el mal aliento, está bajo el cielo o bajo tierra, entre los rascacielos o en medio del chubasco; esa constante presente más allá de las banderas y de los chuspis y de los pique machos requete picantes es El Señor Dios. Por eso, gracias a Dios. Ya la vida es un regalo, y si se viaja como yo, acompañado de la mujer que me acompaña, entonces no agradecer es una gran descortesía, un imperdonable olvido, una grosera impiedad. Por eso, gracias a Dios, que me llevó y me trajo de regreso enterito y sin apuros; aunque no me trajo exactamente igual, sino mejor, feliz, lleno de fe y renovado… embellecido, diría. Embellecido, sí, como recién salido de una peluquería boliviana.

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