La vida oscura

Vaya a saber uno porque se añora la vida oscura. Detenerse, hacerse a un lado, desligarse de la responsabilidad, hermanarse con el placer sutil y liminar que conduce hacia esa nada llena de dulce dolor y de egoísta intimidad; acurrucarse bajo la tibia caparazón, entregarse a explorar los vericuetos del cuerpo y sus maravillosas -y adictivas- alarmas, regresar al útero materno, pero sin madre, ni padre, ni moral, ni razones, ni objetivos.
Y hasta uno podría imaginarse algunas escenas, fantasear.
Pero cuando se añora ese movimiento suicida y expedicionario… ¡que difícil es conformarse con el sol y con la brisa, con la cotidiana casa y con la radio, la hornalla y el sucesivo reloj!
He experimentado la vida oscura -del huevo a la oruga, de la oruga a la crisálida, de la crisálida a la mariposa y de la mariposa al fuego… pero he escapado a tiempo de las llamas- y es así, como en las fotos. Sólo que mucho más adentro, un alarido orgiástico y desesperado atravesando la carne, los huesos, el alma.
Y como no se puede todo en la vida, hay que elegir -fue así al final la cosa-.
Los cerros despojados me llaman con sus cantos de sirena, pero yo, converso -o traidor-, ya he puesto todas mis fichas en el camino de la Luz.

O1 O2 O3 O4 O5

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