Ganar la calle

Digamos que uno gana la calle y es inmediatamente abordado por todo lo que es y por todo lo que contiene. Pero la calle no se gana de una vez… hay que cazarle el mambo, encontrarle la vuelta, hay que hacerse del paladar justo y necesario para lograr degustar ese vino. Porque la calle, cuando te atrapa, te emborracha. O, más bien, te fuma. Te fuma como fumaba Don Juan, claro, un Gran Fumo, nada de nicotinas y alquitranes ocultos en industrializados tabacos de cagada.
En la calle te puede pasar de todo, desde que te afanen y te recaguen a trompadas -me pasó-, a que te afanen y te sientas feliz de que no te recagaron a trompadas -también me pasó-, o que te quieran afanar y no lo logren -lo mismo, pero no por resistirme… en cuestiones de robos callejeros suelo ser más dócil que una joven debutante de un multitudinario gangbang-. Te puede pasar que te corra una patota, que te detenga la poli y te obligue a borrar las fotos, o que te suban a la licuadora y te lleven a tocar el pianito, o que te puteen los vecinos, o que te suelten los perros y hasta que te amenacen con un arma de fuego, y eso tan sólo por caminar-lento-mirar-todo-cámara-en-mano. Podés padecer la mala suerte de que te pise un bondi, de que te atropelle el tren, o que te caiga un piano en la cabeza, o una maceta, o un meteorito, o la estación espacial internacional. Te pueden violar en la calle, te pueden usar de mula, te pueden estafar, te pueden raptar y obligarte a hacer un montón de cosas aberrantes… y todo por el mismo precio. O te pueden cagar las palomas en la cabeza -a mi me pasó, en un ojo-, te pueden escupir desde una ventanilla -a mi me pasó, en la frente-, te pueden manguerear las botamangas del pantalón cuando pasás, colgado de una rama, mientras baldean la vereda o lavan el auto un dominguero domingo fulbolero wi wi wi. En fin, hasta te pueden a-se-si-nar, bien muerto y silenciado, espichado y a otra cosa mariposa, que nada se detiene -salvo vos-. Y si uno no viviera consciente de que la vida siempre implica una condena a muerte que está pendiente, y que, infaliblemente, en algún momento se ejecutará (“el hombre olvida que es un muerto que habla con muertos”), entonces ¿quién ganaría la calle?… ¿quién saldría al cine, al shopping, a cenar, a birrear, a pedalear la bici, a pizzear, a moscatear, a tomar un heladito, un feca con pasta frola, a sacar la basura o a barrer o a lo que sea, si la única posibilidad de morir se encontrara sólo y exclusivamente en la geografía de la calle?
Pero no. Se sale, porque en las ilimitadas aceras de la ciudad hay mucho más que peligro; y si rasco la cascarita hasta que sangre, entonces me pregunto: ¿peligro?… ¿y dónde no lo hay?
La calle es el río, el infinito, el cambio permanente, una miríada de posibilidad. Uno sale a la calle, levanta la mirada y ahí está: el infinito
–también está en el jardín, ok, pero no da para caminar seis horas en círculos-. Y permanente es el cambio porque cambian las veredas, cambian las paredes, cambian los vegetales, cambia la luz, cambian los seres que caminan y vuelan y reptan y saltan, cambian los sonidos, los olores, los silencios, los hedores y las músicas… cambian las fechas, los relojes, los estilos, las vestimentas, los materiales, las actitudes… porque, con respecto a la actitud… ¿es lo mismo caminar en Barrio Norte que en un suburbio del segundo cordón del conurbano bonaerense?… ¿es lo mismo caminar por Avenida Corrientes que por La Sagarna de La Paz?

El infinito no es sólo en la distancia y en la profundidad. El infinito, también, está escrachado en las paredes de la ciudad, en esos colores anónimos de seres que, humanos y limitados, regalan su arte para otros seres que, como ellos y sus dibujos, destinados están al olvido, o a la inmortalidad, o al todo o a la nada… vaya uno a saber.

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