El otro calvario

-Doctora, lo que recuerdo es un gran pene erecto, gordo y venoso, a pocos centímetros de mi cara.
-¿Y usted qué edad tenía?
-Y, era muy chico… lo sé porque en esa instancia me estaban bañando.
-¿Lo bañaba ese hombre?
-Sí.
-¿Recuerda el baño?
-Sí, estaba en el baño de mi casa, veo las pequeñas cerámicas cuadradas y rojas… recuerdo que esa persona algo me decía acerca de mi propio –y diminuto- pene, y que me mostraba el suyo… descomunal, por cierto.
-¿Le pidió que lo tocara?
-No lo puedo asegurar… pero ese pene estaba muy erecto, doctora.
-¿Recuerda cómo se sentía?
-Me sentía avergonzado.
-¿Había alguien más en la casa?
-Mi madre.
-¿Estaba ella también en el baño?
-No.
-¿Y usted recuerda quién era ese hombre?
-Lo que no recuerdo es si el contacto fue sólo visual… pero no tengo dudas de su identidad: era mi padre.
Terminó la sesión y media hora más tarde Aníbal ya estaba en la calle, pensando en el miembro de su padre, en lo mojigata que había resultado su madre, en sexo, en la parálisis por miedo, en sus antiguas novias y en la recurrente impotencia. Rumiaba una y otra vez las tragedias y desencantos de su vida, y comprendía que las había soslayado todas sin siquiera tratar de resolverlas.
Caminó varias cuadras por Olleros y en Corrientes dobló a la derecha. Llegó a la esquina, entró en El Imperio de la Pizza, se sentó, y ordenó un café con leche con tres medialunas de grasa.
-¿Cuándo fue la última vez que me senté a desayunar en este lugar?- se preguntó,
-¿hace cuarenta años?-… ¿ya pasaron cuarenta años?-…. una mañana particular brotó, como un borbotón, en su desbocada memoria, esa mañana que escapó de la obligatoriedad de un trabajo mal pago para descubrir esas exquisitas medialunas de grasa que acababa de ordenar… -entonces no era alcohólico-, se dijo, -ni tan puto-, agregó.
Desde la mesa veía a los maestros pasteleros subir desde el subsuelo con plateadas y grasientas bandejas llenas de curvas y calientes medialunas. Aún no eran las diez de la mañana y ya había gente esperando por unas porciones de pizza al corte. El televisor mostraba las violentas imágenes del terremoto Sanjuanino, -debería haber muerto mucha más gente-, pensó Aníbal, -un terremoto de 8,3 en la escala de Richter y ¿sólo seis muertos?… ¡fracaso de sismo!-
Volvió a la escena recurrente que se proyectaba dentro de su cerebro, pero no pasaba de vislumbrar el mismo miembro y las mismas cerámicas transpiradas por el vapor de agua, -el mismo porongo y el mismo desencanto por no lograr una erección decente frente a cualquier piba hermosa-, agregó tristemente en la sucia aleatoriedad de sus nubes mentales.
Aníbal sabía que era una víctima, pero también sabía que era un victimario… ¿cuántos actos lamentables había cometido en su vida?, muchos… ahí aparecía la hermana menor de esa antigua novia, ¿lo recordaría la pibita?, la había manoseado descaradamente durante media hora hasta que sus suegros y su chica regresaron del supermercado; o la acusación de aquella vieja vecina de la vuelta de su casa ¿qué le había hecho a la nietita para que la vieja lo acusara tan vehementemente?… ¡algo había hecho!, pero ni siquiera lo recordaba… ¿no había, acaso, engañado también a sus amigos?… ¿no había cometido la indignidad de enamorar a aquellas dos hermanas y acosarlas hasta lograr meterlas en la misma cama sólo para verlas cometer entre ellas esos lamentables actos blasfemos?… ¿y la paliza que le dio a aquella putona morocha, compañera de la universidad, en aquel telo del Acceso Oeste?
Era puto, pero mentía muy bien, y las mujeres se le entregaban fácilmente –ellas percibían que él no las necesitaba, y eso funcionaba como un imán- y él, por supuesto, no las perdonaba: aprovechaba para ensuciarlas y envilecerlas, las obligaba a arrastrarse entre la geografía de sus perversas manías sólo por castigar el deseo de ser poseídas por él, aunque nunca lo fueran, porque él tenía el miembro muerto para la mujer, era un castrado, un inútil, y todo terminaba en montañas de acusaciones y de culpas, e infaliblemente todas se escapaban al final, se escapaban corriendo del asco que les daba haber fantaseado con un tipo tan mísero y desgraciado.
Era por eso que la vida aparecía en sus recuerdos como un gran campo de batalla, bombardeado hasta el aburrimiento por su familia, por las tetas de todas las mujeres que no había poseído, ametrallado por una férrea moral de dictadura, por el estado represivo de la sociedad que lo acosaba y por el horror que le inspiraba cualquier vagina.
-Soy una víctima de mi género, de mi silencio, de mi masturbado pito, de mi violencia suicida y de mi culpabilidad-, pensó, y gorjeó entre sus sinapsis: -por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima, condenada, puta, pajera y fláccida culpa-
La luz del sol iluminando la terminal del Lacroze le recordó que allí estaría ese mismo sol cuando él se hubiese ido. Sesenta, setenta, cien años. “No importa si todos morimos”, recordó la canción, “cien años de sangre carmesí, y la cinta que ahoga mi garganta”…
Se sintió solo y desamparado, y al mismo tiempo, se sintió libre… justamente por sentirse solo y desamparado.
-Qué raro es todo, me siento bien porque me siento mal-
No le gustaba ser un hombre, aunque no hubiese tolerado ser una mujer. Era misógino, era misántropo, era un nazi reprimido que se sentía como un pedazo de mierda muy mal cagada.
-Podría asesinar a alguien tan sólo para saber que se siente-, elucubró…
-y… ¿a quién asesinaría… a un hombre o a una mujer?-

Pasaban los colectivos atestados por Corrientes y doblaban por Lacroze rumbo al centro. El hormiguero humano desfilaba frente a sus ojos sin reparar en su mente corrompida… -mataría a aquella vieja, a palos o a patadas-, se dijo. Luego cambió de objetivo -no, mataría a aquella putita… ¡que puta!- pensó mientras observaba con fruición a una jovencita de corta minifalda y tacones muy altos, -en una cama, la violaría, la molería a golpes y la abriría en canal; mientras aún respira le arrancaría las tripas calientes y se las haría tragar… o mejor: le metería un consolador de metal al rojo vivo por el orto, hasta el fondo, filmaría todo, el terror y la desesperación… después vendería la película por una pequeña fortuna-…
Entraron dos nenas de la mano de su abuela. Pasaron junto a su mesa y una de ellas lo miró y le sonrió. La nena parecía un angelito. Aníbal se sintió vil y enfermo. Tomó entonces plena conciencia de la terrible oscuridad de sus pensamientos -y de la abultada erección que crecía en su entrepierna-. Se asustó, se sintió poseído por mil súcubos infernales… -soy un perverso hijo de puta, soy un viejo asqueroso, un ser despreciable-, se dijo con un asomo de lágrimas en los ojos, -¿a quién le va a importar si estoy o no estoy?, ¿si vengo o si voy?, ¡soy el enemigo de todos, el enemigo de mi mismo y de toda la humanidad!… ¿para qué seguir?, ¿para qué resolverlo?… ¿es que voy a resolver toda la maldad y la neurosis de mi vida ahora, a mis sesenta años?… ¿¡para qué mierda nací, dios, hijo de remil puta, dios!?-
Llegó el mozo y dejó el café con leche y la tríada de grasa sobre la mesa. Aníbal ni lo miró. Al rato agarró una factura, la mojó en la taza y se la metió en la boca… “Entra dura y blanca, sale roja y blanda… ¿qué es?”… entonces rió, a carcajadas, recordando los chistes pelotudos de la escuela secundaria, y sus amigos, los amigos que aún estaban vivos y los que ya no estaban en ningún lado.
-Cristian, Alejandro, El Pardo, Karina, La Gallega… todos muertos-, se dijo… -da igual, de todos modos, los muertos no están más y los vivos ni me conocen. Soy un extranjero, un alienígena, un monstruo. Ni siquiera sé quién carajo soy cuando me veo en el espejo-. Su cabeza, entonces, por una extraña asociación que no pudo definir, recordó las tres bolitas de mierda dura que encontró en el fondo del inodoro del baño de un travesti gordo y negro que se había volteado en una ruta cerca de Río Tercero, muchos años atrás… -tenía una cama de mierda ese trava-, recordó, -tres colchones apilados y los tres eran una mierda-, y luego: -¿todavía estará vivo el puto ese?… ¡qué asco que era!-…
Terminó las medialunas y el café con leche, pagó y salió a la calle. Llegaba la primavera, y el sol ya picaba fuerte, acercándose al cenit, -primavera de mierda, calor de mierda, sol de mierda, vida de mierda-, se fue repitiendo, como un mantra, mientras caminaba hacia la parada del 39.
Llegó el bondi y subió. Se sentó en el último asiento y a las diez o doce cuadras pensó que podría bajarse en Anchorena para ir a hacerse coger por esos dos putos maricones y musculosos que había conocido una semana atrás en “Amerika”.
Luego pensó en las hemorroides que tanto lo fatigaban -y en la guita que seguro le sacarían por el favor- y pasó de largo. Más tarde bajó en Santa Fe y Callao, caminó dos cuadras hasta su edificio, subió al cuarto piso, entró, se metió en el baño y se echó una larga y trabajosa meada. Luego se desnudó, encendió la PC, buscó una página porno de lesbianas meonas y mientras veía un clip en donde dos pibitas muy atorrantas se toqueteaban los agujeros mientras se meaban las manos, se masturbó varias veces hasta que, de tanto eyacular, y de la tristeza que le agarró, se puso a llorar.
Luego se calmó, se sonó los mocos dos veces y se quedó en silencio, sintiéndose como muerto mientras pasaba por la pantalla el “campo de estrellas” rumbo a ese ilusorio infinito. Un rato más tarde le agarró un hambre feroz. Entonces corrió a la cocina, cocinó una suprema de pollo, comió, tomó vino, se frió otra suprema, la devoró y tomó más vino; luego lavó el plato, lavó el vaso y los cubiertos, se fumó dos puchos, comió dos bananas con helado de crema, se bañó, luego defecó, se lavó los dientes y, ya pasadas las seis y media de la tarde, se tiró, desesperado, en la cama, implorando por la llegada del sueño… se acostó y cerró los ojos para poder dormir y para poder olvidar, aunque solo fuera por un rato nada más, la persona desdichada que era.

cal

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