El templo en la mañana

Temprana primavera, bicicleta y pedaleo, un kilo y medio de muzarella en la mochila… y el templo;
recortado sobre la infinitud del cielo.
El sol es una caricia y la brisa trae el sabor del mar, del recuerdo de pasadas primaveras,
cuando la mente y los huesos eran muy jóvenes aún.
Cuando la felicidad era plena, y la ignorancia, una promesa de futuro.
“No entrarán al Reino de los Cielos si no vuelven a ser como niños”
Volver a ser niños.
Ahora mismo, mientras escribo, asaltan mis sinapsis oscuros temores, una acidez de fracaso premonitorio,
impotentes muestras de inútil dejadez.
Sin embargo se respira, aún, y se mueve el cuerpo aún, y se intenta…
volver a ser niño.
La Utopía, en este mundo, es una burla, un anacronismo en plena híperconectividad moderna,
un irónico premio consuelo a la falta de competencia.
Pero es mucho más que eso.
La levadura inflama la masa, una parte en tres de harina, una moneda recobrada,
un yuyo, la mostaza, invadiendo el ordenado jardín.
Intentar el regreso parece imposible, pero, como la Utopía, es el verdadero motor que empuja hacia el verdadero amor.
Hacia el único amor.

Mientras tanto, en la vida cotidiana, sigue sumando el contador,
ya llegan gruesas nubes de lluvia,

y cantan, libres, los zorzales.

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