Encuentro post mortem

Abrí los ojos: estaba en un gran recinto amarillento; el techo se levantaba por lo menos a diez metros por encima de mi cabeza, y el ancho era, también, de diez metros. Hacia delante y hacia atrás no veía límites, el tubo parecía extenderse por kilómetros. Una brisa suave me acariciaba las mejillas, y en el aire flotaba un exquisito olor a rosas, incienso y azucenas. En la pared, a mi izquierda, se dibujaba una puerta. A su lado, una silla vacía. Caminé hasta la puerta y golpeé. Desde dentro una voz masculina dijo: -“adelante”-
Entré. Un hombre joven, de unos treinta años, estaba sentado detrás de un escritorio. Sus ojos eran azules y profundos, su cara, olivácea. Una gran barba desordenada le crecía hasta el pecho, y una abundante cabellera casi le rozaba la cintura. Me recordó a John Lennon en sus épocas más hippies. Luego a Jim Morrison, antes de morir. Finalmente, a Jesús. El tipo, entonces me habló:
-¿Qué pasó?-, me preguntó.
-No sé-, contesté, -creo que estoy muerto-
-Pero estás hablando-
“Claro”, pensé, “acá sí, pero… ¿y allá?”
-Entonces no sé- dije.
-Y… ¿cómo te fue “allá”?- me pregunto, sonriendo con cálida ironía. Obviamente el barbudo podía leer mis pensamientos.
-No sé… mal, creo.
-¿Por qué?
-Desperdicié mi tiempo
-¿De qué modo?
-Hice mil cosas, tantas, que finalmente no hice nada concreto.
-Y ¿que es para vos algo concreto?
-No sé… un doctor es algo concreto, un granjero, un operario de una fábrica, un astronauta, un profesor, un cura.
-Y vos no sos nada de eso.
-No.
-Contáme que hiciste, entonces.
-Trabajé, trabajé y trabajé… y gasté todo. Todo mi dinero.
– Y ¿en qué gastaste tu dinero?
-En comida, en mujeres, en combustible, ropa, entretenciones, vicios, regalos… y en limosnas.
-¿Entretenciones?
-Sí, la palabra desde la mirada hindú: instrumentos musicales, libros, cámaras de fotos, entretenciones… no es lo mismo que entretenimientos.
-¿Cuál es la diferencia?
-El entretenimiento te evade… jugar a la play, por ejemplo. En cambio tocar el piano te puede evadir, pero al mismo tiempo te edifica. Lo mismo leer un libro.
-Depende que libro.
-Sí, es cierto.

-¿Y qué me decís de tus vicios?
-Uff… cigarros, hierba, alcohol…
-Bueno, el dinero está para eso, para todo eso.
-Lo malgasté.
-No creo… seguramente esa es una apreciación retardada.
-No ahorré nada.
-Te fuiste y te llevaste hasta el último mango… ¿eso está mal?
-No lo pude acumular.
-La hormigas acumulan… y los bancos.
-El Rey Salomón también. Y la mayoría de la gente que conozco.
-¿Y vos, para que acumularías?
-Para no vivir como viví, con la pija en el orto.
El tipo guardó silencio, sin dejar de observarme. Se incorporó, caminó hasta una cafetera y se sirvió una taza de café.
-¿Querés café?- me preguntó.
-Tengo prohibido el café… problemas de próstata.
-Ese problema ya está terminado para vos.
-Entonces quiero una taza. Y ya que estamos, me gustaría saber qué problemas no terminaron aún.
-Todos los relativos a la aceptación.
Me alcanzó la taza y una azucarera. El café estaba exquisito.
-Vos- continuó, -sos amado exactamente como sos, y con respecto a los errores, se te perdona todo… ¡esa es tu dignidad de hombre!… y eso es algo que vos sabés, te lo han dicho cien veces, lo has escuchado en mil liturgias y lo has leído en un millón de libros. Pero, como la mayoría de los hombres, nunca lo has creído de verdad… ¡demasiado ego!.
Y ese problema, como cualquier ecuación, requiere resolución.
-¿Vuelvo a nacer?
-Sí.
-¿Otra vez hombre?
-No en la siguiente.
-¿Hay más?, ¿muchas?, ¿cuántas?
-Hay una más, seguro… podría asegurar que más de una, pero depende de vos.
-Y en la próxima no soy hombre.
-No.
-Es un gran alivio.
-No te creas… ser mujer es tener un treinta por ciento menos de posibilidades para casi todo.
-No me importan las posibilidades mientras no sea un macho.
-Te importaron hasta ahora.
-Es verdad, pero da igual… ¿no está ya decidido?
-Sí.
-Por un momento creí que podía reencarnar en un cerdo, o en una cucaracha.
-No funciona así.
-Así lo asegura Prabhupada.
-Lo puede asegurar el mismo Papa romano, pero no funciona así.
Nuevamente el silencio. Detrás de la puerta, en el hangar, algo se arrastraba. El sonido era el de algo muy grande, muy suave y muy pesado que se deslizaba a lenta velocidad.
-¿Dónde estoy?- le pregunté al barbudo.
-Estamos en un nodo, una especie de estación de paso. Una confluencia de los innumerables ríos del tiempo.
Ese sonido que escuchaste es el de uno de los arcángeles. No siempre están por acá, pero hoy si. Por supuesto que “hoy” no vale como un hoy humano. Quisiera que lo veas, pero no podés verlo, no por ahora. Sólo te sería permitido si creyeras en el amor.
-Yo creo en el amor.
-No del todo… si creés en la culpa y en el castigo… ¿cómo podés creer en el amor?… para amar no hay que temer, y vos tenés miedo de todo: miedo de tus padres, miedo de tus derrotas, miedo de la mirada ajena, miedo de extraviarte, miedo de no lograr una erección, miedo de ponerte gordo, miedo de morir, de fracasar, de tu mujer, de ponerte viejo y de terminar como una puta del diablo.
-Si no pensara tanto tal vez terminaría como una puta del diablo.
-No, al revés: temer pelotudeces te encierra, te detiene, te inmoviliza, te vuelve un idiota que se muere de hambre y busca alimento en la basura, mientras al alcance de la mano, con sólo aceptarlo, está el exquisito maná de la libertad y de la risa.
-¿Voy a nacer pobre?
-No.
-¿En una familia amorosa?
-Sí, y por esta vez todo va a ser mucho más claro.
Otra vez el silencio. Era impresionante la cantidad de pelo que colgaba de la cabeza de ése tipo, kilos y más kilos de cabello.
-Qué edad tenés?- le pregunté.
-Aparento tener treinta y tres años.
-Parecés un hippie, uno de verdad.
-Yo Soy el Primer Hippie del mundo.
-¿Y vos decís que la libertad y la risa son los bienes más importantes?
-Los bienes absolutos. Y el respeto. Empezando por vos mismo, claro.
-“Amar al prójimo como a sí mismo”
-Exacto, pero no se trata de repetirlo como un loro, se trata de creerlo.
-Fácil decirlo.
-Es fácil de hacer… una vez que lo aceptás y te sentís libre por primera vez, no regresás al calabozo de las ideas. Todas las ideologías y todas las filosofías del mundo son evasiones de esta simple verdad. El hombre es esnob y juega a las escondidas consigo mismo, mientras se pierde la dicha; cree tener un tesoro en su gigantesco ego de cagada, pero este ego son dos piernas de palo que apenas le sirven para caminar. Y nació para volar, su destino verdadero es la levedad del cielo…
Nos despedimos, pero fue curioso, porque no hubo ni palabras ni desdicha. Y mientras me alejaba de Su presencia, tuve la certeza de que, en realidad, el barbudo estaba dentro de mí, y que repetía, como un mantra, esas palabras que ya había leído escritas de la pluma de Dostoievski:
-“No hay errores, todo es bueno… no hay errores, todo es bueno… no hay errores, todo es bueno”-…

Volví a nacer, y aunque no recuerdo ni la concepción, ni mi estadía en el útero materno, ni mi nacimiento, ni mi primer llanto, si recuerdo mi primer recuerdo: un espejo, y mi pequeña cara femenil dibujada en él.
Tengo más recuerdos, muchos, toda una vida de recuerdos. Y mientras regreso nuevamente hacia el nodo, me entretengo rememorando hechos hermosos y olvidados de esta nueva y última vida que, otra vez, ya fue… hechos que yo misma deposité, a propósito, entre los rincones más distraídos y quietos de mi memoria para mi propio -y egoísta- regocijo personal.

nodo

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