Bondi time

Pasa el tiempo. O viene… vaya uno a saber si es que viene o si va o si es mentira o verdad que hay algo que pasa. Pero algo pasa, y ¿que pasa?… pasa la ciudad y la noche. Pasa el asfalto, los semáforos, los transeúntes, los bares, templos, kioscos, motos, puteríos, polis y supermercados. Pasan los autos rumbo a ningún lado -¿es que hay algún sitio donde ir?-. Pasan cometas, aerolitos, los astros deambulando por la bóveda nocturna. Pasan travestis meneando sus culos plásticos, pasan cucarachas rumbo a la mugre exquisita. Pasan viejos rumbo a la tumba, pasan jóvenes porreando rumbo a la tumba, pasan las horas -¿pasan las horas?, ¿o el contador es una falacia?-… Y pasan las noches a bordo del bondi, luego de la pizza o de la milanesa con papas fritas o de la triste visita al cementerio, próxima estación obligada -o el fuego-.
Lo mismo la luz de la estrella, que pasa y pasa y nunca se detiene. Se detuvo en La Biblia, oración de Josué mediante. A mi me gustaría, a veces, detener al planeta en una luz de atardecer, luz dorada, justo cuando todo luce con ese brillo de adiós a otro día que ya nunca volverá.
Detenerme en pausa. Detener mi mente, mis deseos, los caballos que cabalgan mi triste egoísmo de olvido.
Todo lo que vivimos, todo lo que somos y deseamos, es un mero promedio, una clasificación anatómica con grandes agujeros en la información… ¿como ordenar?, ¿como resolver?, ¿como llegar al objetivo?.
Estamos contaminados de tiempo. Y tiempo es lo que veo y reveo desde el bondi mientras no se si voy o si regreso.

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