El último día del invierno

Volaron los días, y quedaron varadas en el disco rígido las últimas fotos del último día del invierno 2015. Irrepetible día, irrepetible invierno, irrepetible 2015. Imágenes de Villa Lynch, de San Martín, de Ballester y de Munro, una larga y prolongada caminata desde Caseros hasta Vicente López y las sencillas, pero muy bien servidas, mesas del club de la Hungaria, su arenque crudo con papas y cebollas y su tradicional Gulash exquisito.
El último día del invierno… melancolía, volatilidad, pérdida irremediable de todo el escenario por donde se transita -de momento-, y que se dejará de transitar, irremediablemente, en algún presente futuro. Presente futuro: la muerte en el ahora, el irremediable, inasible y cambiante ahora… Finalmente todo lo que desaparece y forma conexiones específicas en la estructura de las sinapsis, se disuelve en la nada total mientras se renueva ese ahora a cada nuevo instante; fragmento temporal que permanece siendo cierto sólo el tiempo que tarda en llegar el nuevo presente, el vertiginoso, microdesmenuzado y atómico presente de ésta, la modernidad tardía.
Grafittis, sombras, calles, perros, escritos y asfaltos. Instantáneas que condenadas están al olvido, tanto como yo lo estoy, como lo que me rodea, veo y respiro; como la estrella amarilla que, aún, todo lo ilumina y con su energía lo fecunda.

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