Trenes y sombras

Gira el planeta, pasa la estrella, llegan los trenes y se alargan las sombras. Día tras día se repite ese sucesivo mantra que parece ser infalible, pero no lo es.
Así como la incertidumbre es la base del mundo material -quién lo diría, más de dos mil años después de Lao Tsé-, lo es, también, del todo.
Mis dedos, llenos de vacío. La mesa, llena de vacío. El jardín, las nubes, los besos, la pizza, mi pene, la bondiolita en el horno… vacío.
Vacías las férreas vías y vacíos los durmientes. Vacíos los plomos del policía, los dientes del perro, la mierda flotante en la cloaca general de la ciudad.
La ciudad también: vacía. Vacías las ruedas de la bici, la estación “El palomar”, la máquina que dispara… y las fotografías.
Sin embargo, acá están.

Dijo “El Viejo”:
“Treinta radios convergen en el buje de una rueda,
y es ese espacio, vacío, lo que permite al carro cumplir su función.
Los cuencos están hechos de barro hueco, vacío,
y gracias a “esta nada” cumplen su función.
Puertas y ventanas se abren en las paredes de una casa,
y es el espacio, vacío, lo que permite que la casa pueda ser habitada.
Así, lo que es sirve para ser poseído.
y lo que no es, para cumplir su función”
Ser el vacío que irremediablemente somos, es poner en marcha el ser real, ese que no es, vacuo y, sin embargo, lleno del todo; sin ego, pero fortalecido en la entrega; indefinido y sin forma, muerto para toda necesidad apremiante, pero entonces, y recién entonces, real…
Y todo lo demás, todo, todo, todo, todo, es vanidad y correr tras el viento.

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