Primavera negra

Henry tuvo su primavera negra. Todos tuvimos nuestra primavera negra.
Como viendo Buenos Aires desde los distintos urinarios -esos que no están-, hemos presenciado el paso de la muerte masturbándonos en nuestros privadísimos peep-shows.
Una caja de hueso-células desprovistas de sensibilidad nerviosa-irreparable muerte no regenerativa-deseo y adicción-muerte líquida.
Sin embargo el tiempo, ese trapo sucio y viejo, lo cura todo. Claro que Dios sopla en el velamen, pero ¡hay que empuñar el timón!
No es lo mismo leer a Miller a los veinte que a los treinta, menos a los cuarenta.
Yo lo releo ahora -nuevamente- en el umbral de los cincuenta.
Miller -observo- tiene toda la razón; como canta Manuel Chao: “Mentira la mentira, mentira la verdad, todo es mentira”, pero eso es… ¡estar solo!, sí, irremediablemente solo.
No importa, estar solo y con todos los demás, compartir las soledades, soledad de pié, solitude standing, diría Susana Vega, es mejor que ser un boludo, aunque duela.
Todavía la palabra “octubre” supura algo de pus… ni hablar de “diciembre”.
Nunca como hoy, las palabras de Don Juan resuenan en mi alma, en mi corazón y entre las fétidas vicisitudes de mis largas tripas:
“Para mí nada importa, y todo está lleno hasta el borde”
Sí, duele, pero si no duele entonces uno vuela.
Y volar, queridos amigos,
es el ulterior destino de todo hombre-mujer-travesti-puto-lesbiana-lo que sea que se sea…

Carpe Diem

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