Invierno en La Ventania (4): Subir una montaña

Subir una montaña, sin senderos, sin picadas. Subir una montaña en la ciudad, en el mar, en la pampa, dentro del cerebro, esforzándose en una cama. Subir una montaña, dejar un vicio, saludar a un placer que vuela rumbo al olvido, sonreír mientras se escapa. Subir una montaña. Piedras, serpientes, pájaros, arañas, espinillos, cardos, infinito. Subir una montaña sin brújula ni agua, sin tiempo, sin precaución. Elegir un camino entre millones de caminos. Elegir un destino, reinventarse sobre la marcha. Subir con alguien, subir juntos, y poder regresar.
Todos subimos una montaña alguna vez: una muerte, un castigo, un duelo, un abandono, la temida impotencia frente a lo irremediable. La represión en la escuela, en casa, en la calle, en la mirada ajena. Los barrotes de la prisión. La enfermedad. Sin embargo es ahí, mientras la fatalidad toma el control, cuando vemos la verdad. Conducimos muy poco, determinamos menos aún. Entendemos, entonces, por donde nunca llegará la verdadera libertad. El puto sistema. El viciado sistema. El cruel, injusto e inhumano sistema. Todo sucede más allá del objetivo, todo es más allá del éxito; la entrega al ser es la argamasa que edifica el alma, y la voluntad es sólo una de las incontables X que tiene la ecuación, ecuación que, ya todos sabemos, es absolutamente irresoluble.
Dios, el amor, la muerte, la guita, los amigos, el sexo, los viejos, los pibes, el trabajo, los vicios, la paz, la dicha, la desgracia, el olvido… condimentos que realzan el sabor, a pesar del peligro; el sabor de elegir un camino, porque sí, que nunca existe preconcebido. Aunque lleve a un precipicio, aunque conduzca a un barranco. Poder jugarse el pellejo sólo por ser libre, aunque sea en un pequeño porcentaje de pellejo y de libertad.
Dijo el poeta, anónimo:
“Lo que se puede de veras es tan poco
que hay que hacerlo una vez aunque sea.
Subir una vez una montaña,
aunque subir cueste,
aunque la cuesta sea pesada,
aunque respirar cueste,
porque respirar se acaba”
Subimos, juntos. Y bajamos, rodeados de oscuridad, las estrellas plateadas sobre nuestras cabezas. Luego, la carne dorada frente al fuego y el vino tinto de rigor.

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