Lo valioso está en la pared

“Si es gratis es mejor”, o te tomás el buque o te hacés el pajarraco… ¿que vas a cambiar vos, desde ese metro cuadrado que rodea tu triste humanidad, ésa que persigue tu sombra?
Sin embargo conocés la dualidad, la trialidad, la cuatrialidad… el gangbang… la fiestita orgiástica.
Y químicos, toneladas de químicos, pastas, humos, polvos y brebajes… ¡como chilla el cuerpo cuando la receta cruza sus efectos!
¿Sí?… ¿no?… ¿sí?… ¿no?… ¿sí?
El nivel sube y sube hasta poner a chillar todas las alarmas, se retiran los cilindros de la refrigeración, se espera, se calcula… entonces ¡todo explota!
Caminar. Correr la cortina y salir a caminar.
Uno se encuentra en el pájaro, en el culo del cartel, en el brillo del sol, en los perros y en las sombras.
También en el bondi, y en el motor a explosión que parte los oídos, en la nube negra que rodea la bóveda de la ciudad y la ahoga.
Y la gente que escribe en las paredes. Anónimos. Es tanto lo que se dice.
Las cosas importantes están pasando en la TV, el dial gira y gira y escupe palabras como una UZI israelí. Llega una tormenta. Hubo un cataclismo en Shangai. El devenir del billete americano.
Lo valioso está escrito en la pared. Lo escribió nadie y es para nadie.
¡Hola!, ¡sí!, “¡el estado es monopolio del poder!”…, ¡hola!, ¡sí, use tachas!
La vida, enferma de celebridad, desconoce esta fina línea comunicacional… solo tiene ojos para neones, para señales satelitales, para radiondas, microondas, espermogramas y flashes de escena.
Las voces de la vida cantan su melodía en una fuga que llega hasta la radiación de fondo del big-bang.
Somos un sonido, un mordente, un trino… somos dos compases del segundo bis de una obra sinfónica que ya resuena hace quince mil millones de años, que tiene el tamaño del universo, la capacidad del infinito y la extensión total del tiempo.

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