Pasa el tren

A menos de un metro pasa el tren rumbo al segundo cordón bonaerense,
pasa el tren mientras nuestros pies nos llevan rumbo a la ciudad,
uno, dos, tres, cien, miles de pasos rumbo a la ciudad muerta mientras el tiempo se desdobla en múltiples vástagos que nos confunden a todos, porque el tiempo, ese inasible fantasma sin identidad,
es como esas chicas que aparecen en las revistas,
en pelotas,
mostrando y vendiendo sus enormes culos redondos en la pantalla de la televisión:
son de todos, son de nadie: putas.
El tiempo es una puta vendida al mejor postor,
una puta vil y mentirosa que te empuja rapidito para que acabes de una vez,
para que dejes la platita sobre el tramposo colchón y te esfumes en la nada.
Y nos tendríamos que poner de acuerdo en quién es el más apto para aprovechar estas fracciones temporales tan viles y atorrantas…
¿vos, yo, mi chica, Obama, el vecino de la esquina, Fidel, el pibito en la villita, el cantante Luis Miguel?…
¡que pregunta!
Y… ¿para que?… ¿objetivos?
¿para rezar, golpear, nadar, tocar la viola, estudiar, estornudar, coger, pedalear, hacer guita?
Ese tiempo que se fragmenta hasta la mínima disolución en este tiempo de modernidad tardía, no existe.
¡Lo aseguro!
El tiempo, ese puto tirano al servicio de la hormiga salomónica,
es una falacia, una herramienta del Imperio,
un palo profundo metido en el orto para evitar el relajo de la verdadera paz.
O por ahí no, por ahí  “el tiempo es oro”, como dijo el Tío Rico…
“El tiempo es oro”, dijo el tío,
“El tiempo es oro”, insistió,
“El tiempo es oro”… un mantra quema bochos….
Vos, por las dudas, no te olvides los forros.
y cuidá el culo.

Pasa el tren

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