Escuela de odio (1)

Yo estaba en Villa Gesell, enero del ’84, tenía catorce años.
Habían pasado veinte minutos de las trece y caminaba rumbo a la playa por una calle arenosa y amplia, rodeada de pinos fragantes y de retamas amarillas, con un espléndido sol… 126 y 3, más o menos.
Caminaba en patas; llevaba unos cortos de jean y una remera blanca, sin mangas, con una gran bandera inglesa ploteada en techikolor, y la marca Reebok en el centro.
Entonces me rebasó por la izquierda un Jeep amarillo, con seis tipos de unos treinta años parados en la caja. Gritaban, tomaban cerveza y reían. Parecían rugbiers, o patovicas. El jeep siguió media cuadra y de a poco se fue deteniendo. Apagaron el motor, bajó uno de los tipos musculosos y se puso a trotar hacia mí… trotaba relajado, con la cabeza entre los hombros y mirando pasar el suelo bajo sus pies.
Yo seguí caminando rumbo a la intersección de su trayectoria, creyendo que venía a preguntarme algo, una dirección, el horario de un bar, un cine, cualquier cosa; pero cuando llegó a menos de un metro de mi frágil humanidad, con la inercia que traía me pegó un violento derechazo en la mandíbula izquierda que al instante me derribó con una urgencia de demolición.
Quedé tirado en el piso, aturdido y con la cabeza doliendo como debe doler una campana cuando chilla, viendo el sol brillando todo borroso entre la copa de un pino también todo borroso y la tierra flotando como una peste todo alrededor.
-Más te vale que te saques esa remera, cagón traidor hijo de remil putas!
vociferó,
-porque si te cruzamos la próxima vez y la tenés puesta, bajamos los seis.
Se dio media vuelta y, con su trote relajado, la cabeza entre los hombros y viendo pasar el suelo bajo los pies, llegó hasta el Jeep; se subió, se cagaron de risa, arrancaron y se fueron.
Yo me quedé tirado un par de minutos hasta que pude conectar un mínimo. Luego me levanté y me fui caminando despacito hasta el mar, me saqué la remera inglesa y me metí entre la sal y las olas como quien busca escaparse del dolor con una poción redentora.
Me quedé más de una hora. En cuero, más tarde, me fui caminando a casa.
La poción no funcionó: mi cara se mantuvo rosa, doliente y globular más de una semana.
La remera no la usé nunca más.

mac

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