La intolerancia no es de nadie -y es de todos-

Dejando de lado mi fe religiosa, que existe gracias a Dios y no por algún mérito personal, en el llano suelo moverme con una máxima que rescaté, paradójicamente, del materialismo dialéctico ateo:
“Ver para creer”
Por eso juzgo a la era K luego de su paso por el poder -antes sería imposible- y mi juicio no es malo, al contrario: creo que hubo muchos errores, pero también una gran cantidad de aciertos que serán históricos.
Pero ahora llega otro gobierno, que asumirá en poco tiempo, exactamente el 10 de diciembre.
Si soy consecuente con lo que escribí arriba, no podría juzgar al gobierno entrante antes de esa fecha y del ejercicio sostenido de su poder. Sería algo así como gozar del orgasmo antes del coito, o saborear la torta antes de morderla –me dirán: “o morirte retorcido antes de tomar la cicuta”-…
Ahora bien, observo que muchos concluyeron que el nuevo gobierno ya fracasó. Y fracasó hoy, esto es, quince días antes de asumir…
Bueno, ya vivimos esto los que simpatizamos con el oficialismo saliente; la oposición, esa que en unos pocos días será gobierno, hizo lo mismo, a diario, durante estos últimos doce años.
Durante una década Néstor y Cristina fueron “el fracaso diario”.
Lo voy a decir, porque no me importa que se enojen los fanáticos suicidas de hoy y de siempre: tanto unos como otros andan por la vida enfermos de miedo e intolerancia.
Uno es libre en la vida para ser lo que quiera. O para no ser. Hay que optar entre el miedo o la libertad, entre el odio o el relajo.
Yo voy a esperar… después de todo ¿que otra cosa podría hacer si creo en la Democracia?

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