La hora del espanto

“Vamos por ahí, vamos sin aliento, perseguidos por nuestros propios fantasmas”
Cuesta creer que el poder de la imaginación tenga tanto control sobre el cuerpo… bastan pocas cosas: algo de género, flores, fuego, aire, nylon, un espejo, tiempo.
Se vuelve muy oscuro llegando otra tontera de Navidad. Camina sobre el filo de la navaja como un caracol, abriéndose al medio con la distancia recorrida.
Sal. Burbujas de muerte -o el miedo/pensamiento como olla a presión-
Los poderes de lo oscuro rodean la materia animada y la estimulan con la inanimada. Hay un cabalgamiento -dentro de cada flor vive una verdadera criatura dispensadora de paraísos e infiernos de acuerdo al calibre del alma cabalgada-
Varía con el tiempo, de tal modo que uno puede salir desde el paraíso y llegar al corazón del mismo infierno, y viceversa… elevarse o hundirse, beber hasta la total descomposición, brillar como mil estrellas.
Yo conozco personas que han estado ahí. Yo he estado ahí.
Esos rumbos, que apartan de todo y de todas las cosas con esa levedad que impone la fantasía, son lo más parecido al útero materno, al vacío autoexplicado, a una gris eternidad sin preguntas ni respuestas.
Y sin embargo, enamora. Y espanta.
Uno siempre se muere, siempre, eso ya lo sé.
Se piensa más y más en ello llegando otra tontera de Navidad.
Los fantasmas que me rodean me llenan de nostalgia por la verdadera libertad, me muestran la naturaleza hermafrodita de la realidad y me empujan al camino.
Y siempre, siempre, siempre, es distinto.

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