Creo que sí, creo que no

Un millón de años. O dos años… para el caso da lo mismo.
Aparecen las fotos. Uno mira, ve y piensa, recuerda… ¿estuvo ahí?… ¿realmente estuvo?
Fue el domingo del primer debate presidencial, de hecho, es recordable por eso, como un hito. Aunque recordarlo sólo por el hito sería casi una blasfemia, un cansino despropósito y una mancha.
Sí, se debatieron los muchachos, pero nadie salió lastimado. De hecho, yo no vi a nadie.
Entonces íbamos hacia allí y apareció la mujer dibujada con trazos precolombinos. La vi y me recordó que somos, ante todo, bichos. Veo sus tetas colgantes, el tajo en su vagina… está todo: eso es una mujer, una definición de la mujer desde un ojo macho, muy macho. Un par de tetas y un tajo… -Mi amor, te traje churros rellenos… ¡vení!-. Luego todo lo demás: las emociones como una fuga de Bach. Las sombras, el color, el viento, el calor, la pintura, la luz, el contorno, el infinito. Una fuga y un ciclo. Parábolas y planetas y meteoros y lunas y estrellas y galaxias. Agujeros negros devora todo, ahí arriba, detrás del cielo azul. O en el mismo cielo.
Pero la gente prefiere dibujar, claro. Hay que intentarlo, tratar de ser feliz a pesar de la amenaza constante del final. Hay que ser feliz con.
Un millón y medio de cuadras, Panamericana, parrilla, los astros en el cielo, y en el oeste el ocaso. Creo que sí y creo que no.
Es mi libertad.

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