Chiquitito diciembre

Llegó diciembre. Año dos mil quince. Es un diciembre chiquitito, neurasténico, volado, silencioso, pajero, miedoso, tristón; un diciembre que resiste contra el cambio de viento -aunque no se pueda-, contra el cambio de clima -aunque sea inútil-, contra la inercia autodestructiva -aunque sea el motor-, contra la grasa: eso es lo peor: la putísima grasa.
Bajan los billetes, baja la cantidad del pequeño fajo, se compran dos leches, un puff para el asma, medio de muzzarella y ya está: bancarrota.
Y encima hay que dar un examen -en un par de horas-, pedalear hasta San Martín bajo el rigor de la estrella y bancarselá.
Siempre uno llega a la misma conclusión: hay que bancarselá.
Ya lo dijo Luca Prodan: “Antes, en los sesenta, creíamos que íbamos a cambiar el mundo. Ahora sabemos que el mundo no va a cambiar, y hay que bancarselá”
Pero uno se resiste. Yo me resisto… “cierro los ojos fuertemente, asustado de lo que la mañana traerá”
Y ¿que trae la mañana, Smith?
¿Que ha traído la mañana durante estos últimos cuarenta y seis años?

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