Viedma

Escapar de Buenos Aires siempre es un sano escape. Atravesar los novecientos kilómetros que separan a la gran ciudad de la proto-alfonsinista-federalista-fallida capital de Río Negro, una larga experiencia que arrima a lo que se avecina… calor, silencios, lo nuevo y lo viejo cortado por el ancho río, el rumor del mar a lo lejos, vecinos mateando en la rambla, perros caminantes siempre sonrientes, pequeñas embarcaciones taxi que van y vienen una y otra vez. Y aviones en lo alto. Y una memoria irredenta de exterminio patagónico y de imparable inundación.
Conseguir un hotel barato y lindo nunca es fácil, menos con pesadas mochilas cargadas de los hombros, una estrella como un fuego de dragones y el cansancio del viaje en los huesos. Pero al fin siempre, si se insiste, llega lo que se busca.

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