Universo paralelo

La tormenta llegó con un termómetro marcando los cuarenta grados… negra, roja, verde, amarilla, apoteósica, agorafóbica. Luego el marcador se fue relajando –le llevó su tiempo- y unos días más tarde, y ya con Febo a la cabeza, se equilibró en los veintitantos. El fin del verano es así. Pienso “cuantos fines de verano vi”, y luego “cuantos fines de verano más veré”. Y mientras baja la temperatura –y los pensamientos, como siempre, nunca cesan- siento el llamado del asfalto, o de la tierra que se ahoga debajo, o del río-autopista con su pestilente devenir de polución sonora. Me pregunto al borde del río-simulacro: “¿somos conscientes que avanzamos gracias a la sangre de los dinosaurios?”… una vez alguien me dijo: “el petróleo es la sangre del planeta”… entonces, aparte de una parasitosis, la humanidad sería vampírica, y eso para correr carreras, conectar la tierra, achicar distancias, y que sea ¡ya!
La tormenta se fue, claro, siempre se va, y el sol brilla. Entonces la gente baila, festeja, afirma el control de la tribu urbana. Mientras tanto las flores erectan sus pistilos y las monjas acuñan nuestros niños, tal vez para salvarlos del superior (macho y pederasta) que escucha y castiga en nombre de otro Señor, esta vez con MAYÚSCULA.
La naturaleza nada entiende sobre este asunto, se mantiene en un universo paralelo, y eso frente a nuestros ojos. La naturaleza no acumula, la naturaleza madura y regala sus frutos, la naturaleza no reprime, no juzga, no culpa ni condena. La naturaleza no conoce a Eva, ni a Mujica, la naturaleza no respeta las imaginarias líneas que dividen el mundo… ¿Argentina, Chile, Dinamarca, Groenlandia?… nada de eso. Pero entonces una pared me increpa: “Y si te morís mañana, hoy qué?
No es respuesta “Gino Bogani”, pero podría serlo para la publicidad. “Muero por el Indio Solari” llora una chica en una vereda cualquiera. “Muero por Gino Bogani”, diría una Barbie cualquiera en la puerta de una afamada perfumería parisina. Y así todos morimos por algo, pero el asunto es: “¿Y si es mañana, hoy qué?”
Hoy seguiré con mi mate –y con la pava-, seguiré con mi guitarra, si se puede, y con las palabras, si se puede, y con las imágenes, si se puede, y con los amigos y las pizzas, y las risas y el amor y todo eso si se puede, y así hasta que se esconda el sol.

Camino, que no es poco

Camino… ¿camino?, si, camino. Voy caminando, un pié, otro pié, el otro y el otro. Voy caminando todo derecho hasta que doblo. Me sorprende el haber doblado… ¿camino al azar?, no, porque siempre doblo en el mismo sitio.
Caminar por las mismas calles me deprime, me angustia, me llena de impotencia, y, por supuesto, de temor. Observo el inobservable futuro –imposible futuro- con impotencia y temor. Igual camino, que no es poco. Algunos ya renunciaron a caminar, yo no. Debería sentirme orgulloso –de mi mismo- porque aún camino, aunque a veces la impotencia me reduzca a un ser muy limitado.
¿Camino solo?… no hay nadie. Mis pasos suenan en las calles vacías –estas calles harto conocidas- con el eco del miedo y del ahogo… ¿hay peligro?… ¿porqué estoy solo?… solo no soy. Entonces recuerdo que alguien dijo: “para ser un buen alumno uno necesita malos alumnos todo alrededor”. No recuerdo quién lo dijo, alguien. Pero camino solo por las mismas calles de siempre. Solo no soy… ¿quién soy?… ¿yo mismo?… ¿yo?… ¿quién es “yo”?
Pasan las cuadras bajo mis pies, doblo en las mismas esquinas, veo las mismas casas, cordones, vías, autos, trenes, carros, aviones, motos, gentes (¡no estoy solo!), pero no me gusta esta gente, no es como yo.
Insisto con mi fe… me digo que “Dios me va a ayudar”. Me lo digo una, me lo digo dos, tres, diez, cien veces:  “Dios me va a ayudar”. Recuerdo al peregrino ruso, “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”; entonces repito con él –el peregrino vive en el pasado-… “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”, “Señor Jesucristo, ten piedad de mi”, mil veces repito, como “no debo mentirle a mi mamá”, un millón de veces escrito en un millón de papeles “no debo mentirle a mi mamá”, y camino, derechito, al compás de la misma música, camino y doblo y sigo y repito sin parar “Señor Jesucristo, no debo mentirle a mi mamá”… mi mamá, como el peregrino ruso, vive en mi pasado, es mi pasado. Pero está acá, claro, “No debo ten piedad de mi”. Pienso en mamá y me vuelvo chiquitito, no de edad, sino ínfimo, diminuto, impotente como un padre cruel, mezquino y perdedor
-¡perdedor!- sí, ésa es la palabra clave de hoy -¿hoy?-: perdedor.
Hay un partido, una carrera, una velocidad, un estilo, una guerra, un promedio, un destino, una meta… “solo se perderán los predestinados a la perdición”, dice San Agustín mientras vomita pecado tras pecado, y yo estoy predestinado al miedo, a caminar solo por las mismas calles, a doblar lloroso por las mismas esquinas al compás de la misma estúpida e insípida música -¿ruido?- de siempre. Siempre. “Para siempre”, decimos. La eternidad encerrada en una palabra… ¿hay trampas en la sintaxis?, y digo: “puto”, “camaleón”, “mariposa”, “verga”, “agujero”, “sucio”, “puerca”, “nylon”, “grasa” –pienso: estoy gordo-, “amor”… amor, sí, pienso en amor. Trampas en la sintaxis y en el amor…
Cae el sol y camino. No llevo reloj, pero todo es un mecanismo. Imposible no creer -¿imposible?-, -¿creer?- que no hay tiempo. Soy un ser que camina
–siempre- por las mismas calles, dobla en las mismas esquinas, mantiene el mismo compás con la misma música mientras cree en lo mismo, siempre, eternamente siempre, condenadamente siempre, la jaula del tiempo, los barrotes de la presión -¡ya!- todo alrededor.
Se hace tarde.

Isla de Chiloé: Ancud

Se llega cruzando en transbordador por el canal de Chacao desde Pargua, y desde Chacao se llega en micro hasta Ancud, pueblo costero en donde reina la quietud, las periódicas tormentas, las gaviotas, los pescadores de peces y mariscos. Ancud tiene todo lo necesario para ser feliz: el mercado artesanal, en donde uno puede comprar verduras frescas y orgánicas directamente de la mano de los productores, mas pescados y mariscos del día, y un gran supermercado en donde se encuentra todo lo demás, de Chile y del mundo.
Conseguimos una cabaña en lo más alto de la calle Pudeto, un gran cabaña con una privilegiada vista del mar y las islas distantes –y una envidiable batería de cocina, que no tardaríamos en estrenar-… y salimos a patear.
Caminar por los barrios de Ancud, por sus callecitas llenas de flores, contemplar sus casitas enteramente construidas en madera bajo el chillido constante de gaviotones gordos y blanquísimos produce en el espíritu un sosiego que nunca existe en la gran ciudad. Multitudes de perros duermen a la vera de los caminos, canes que parecen revivir a la llegada de la noche o en la plenitud de una celebración cristiana dominical.
Las cervezas, de litro y cuarto, son exquisitas. También los vinos chilenos, con varietales como el “Carmenere”, desconocido en Argentina, suave y fácil de pasar.
Viendo las fotografías, una constante en el recuerdo: el cambio continuo de la luz, desde pleno sol a la amenaza de oscuras tormentas, y así de hora en hora, el color cambiante y la emoción cambiante y el sentir que, lleno de regocijo, hace suyo ese clima, esas calles, esa gente preciosa  que, de tan amable, invita a la permanencia.
Hoy estará allí esa cabaña, ese ventanal, esa plaza y esas gaviotas cantando bajo el cielo siempre indefinido.